CRÓNICA: (RE)vergüenza Sudamericana

Es una noche fría en las faldas del Pichincha, en la ciudad andina de Quito. Falta una hora para que empiece el partido entre Independiente del Valle y Flamengo por la Recopa Sudamericana. Evento organizado por la nueva Conmebol. Esa identidad que quiere ocultar su corrupción copiando a Europa. La fila para entrar a Preferencia, del estadio Atahualpa, tiene más de tres cuadras. Alguien, seguramente un brillante dirigente, decidió abrir solo dos puertas para que entren 15 mil personas. Esa mentalidad pueblerina ocasionó caos y desmadre, clásico de un continente dominado por la corrupción política y la decadencia social. Los sapos, vivos y deshonestos abundan en el lugar y buscan alguna manera para infiltrarse en la fila. La policía observa con desgano, su incapacidad y negligencia es típica en América del Sur. La desidia de los controladores de boletos da la razón a los países occidentales que los suplantaron por máquinas que leen automáticamente el ticket. La señora que vende cerdo frito por un dólar hace su agosto. La espera da hambre. El arriesgado que engulle ese animal bota el plato plástico en la calle y se limpia la grasa en el pantalón, mientras otra señora anuncia que cuida la correa o cinturón por un dólar. En este continente cuando vas al estadio te tratan como delincuente. Te manosean, y te rebuscan con la consigna de que eres un criminal y vas al estadio a cometer alguna maldad. La verdad, no los culpo. Desde el cerdo que bota el plato en la calle hasta el ladrón que trata de quitar la billetera y el celular del bolsillo son dignos representantes de una sociedad decadente. 

Después de 45 minutos haciendo fila un sujeto advierte el problema y decide que se abra otra puerta. Se logra entrar al estadio y el boleto tiene un número de fila y de asiento que nadie lo respeta. Si solo osas sugerir a cualquier orangután que se encuentra en tu puesto que se levante te arriesgas a la agresión verbal o física del sujeto que te increpa la hora de llegar y te dice amablemente que te largues.

Los juegos artificiales no tapan la profunda crisis del sin sentido que se vive en el Estadio Atahualpa. El fútbol espantoso tampoco puede ocultar el triste espectáculo de un lugar que refleja el microcosmos de un país carente de valores. Los comerciantes se atropellan entre ellos para vender cerveza o cigarrillos. Producto que se supone está prohibido en un escenario público. Lo meten de contrabando y a las autoridades y al público en general no le importa. Lo normal en el Atahualpa es hacer lo que te da la gana. Un vendedor de empanadas se cae sobre dos chicas y les riega ají. Un líquido viscoso que usan los nativos de Quito para poner picante a su comida. El vendedor, en vez de pedir disculpa, insulta agresivamente a las víctimas y quiere que le paguen las empanadas del suelo. Claramente, la estupidez es la norma.

Los últimos 5 minutos del partido son entretenidos. No tanto para los 8 dólares que costó la entrada. La gente ve parada desde las gradas porque se atrasaban a salir de la cancha. Por fín el partido se acaba con un mediocre 2-2. La gente sale como una manada de animales rumiantes que busca desesperadamente una puerta. Para quienes tenían ganas de orinar los baños están cerrados. Los hombres apurados se arriman a la pared, sacan su pene, apuntan y evacuan. El olor es nauseabundo. Es el mismo olor de la ciudad de Quito. Las mujeres, por supuesto, si tenían ganas, no les queda más que aguantarse. El espectáculo es vergonzoso. En la calle los autos pitan a los peatones, los policías crean más tráfico y la gente camina como si nada pasa. Parece que en esta ciudad andina lo normal es oler a orina, botar basura en la calle, pitar y soportar el mal trato. La dignidad es una palabra que no existe en el vocabulario ecuatoriano.