CUENTO: ¿Quién le dio el cocacho al Chungo Mortichoto?

CUENTO: ¿Quién le dio el cocacho al Chungo Mortichoto?

 

Por Pedro Monteros Valdivieso

 

Cuando Rolando Quezada llegó al equipo a mediados de la temporada 2015, todos: jugadores, cuerpo técnico, dirigentes e hinchada, vieron su fichaje como la salvación para terminar con la escasez  anotadora.

–Por fin se rascaron el bolsillo y  trajeron a un goleador comprobado, no tenemos más excusas para la falta de gol- dijo en el vestuario Franco Calderón, recio y fornido back central, el jugador con más años en el plantel, quien además de ejercer la capitanía dentro de la cancha y en el vestuario, era uno de los referentes del plantel encargados de pelear los premios y de darles a los más pequeños, y a los nuevos, las pautas de comportamiento social como miembro del equipo.

-Con un 9 que termine todo lo que generamos, tenemos todo para pelear: un arquero con experiencia, dos centrales consolidados con buena salida de balón, laterales rápidos y jóvenes con capacidad de marcar y proyectarse todo el partido, volantes de corte tipo pitbull que además son dúctiles con el balón, dos enganches capaces de hacer la pausa y proyectar a delanteros y aleros, dos extremos que vuelan…  Ahora llega el centro delantero goleador y hasta  tenemos una buena banca con los muchachos de las inferiores que piden pista en todos los puestos. Parece que llegó nuestra hora- concluyó Víctor Ruiz Kiguango, estratega  dentro de la cancha, quien  con más de 200 partidos sobre el lomo era un jugador con una velocidad mental superior a la media, que le permitían ser la manija y el canalizador del juego ofensivo del cuadro escarlata.

Todos en el vestuario aplaudieron la llegada del “Chungo” Mortichoto, un contrastado goleador que había forjado su carrera en las duras canchas de las categorías de ascenso argentino.  Surgió en canchas de tierra,  de barro y muchas piedras, había roquitas en las canchas y  cascajos en los alrededores, cascajos de los que constantemente tuvo que huir cuando con un gol de su factura, su equipo se llevó la victoria de feudos  prácticamente inexpugnables del oeste bonaerense. Era curtido Rolando Jonás Mortichoto Cabrera, de padre uruguayo y madre chilena,  había nacido en  la ciudad de La Serena, en la cuarta región del país de la Estrella Solitaria,  era hijo único, soltero empedernido que se levantaba siempre a lo mejor del material disponible femenino  de las pequeñas ciudades a la que había ido como futbolista, rubio oxigenado de cabellera larga y ya un poco escasa, que era contenida por una especie de cinta negra, gesto  que emulaba a su héroe de la niñez, Iván el “Bam Bam” Zamorano. El Chungo llegaba con 29 años al cuadro escarlata de la Isla, el mítico “F.C. Búfalos”, tras haber firmado una temporada 2014 con 25 goles en el Boavista de Recife,  en el torneo estadual de Pernambuco.

-Algo me huele mal- advirtió  el “Chicle” Quezada, viejo lobo de los banquillos, quien  desde hace dos años estaba a cargo de la dirección técnica del equipo “Tumbador”, como lo habían bautizado los periodistas locales. Apelativo que  evocaba   pasadas hazañas en las que los antiguos habían sido capaces de tumbar a los cuadros de más renombre del país en los viejos torneos amateurs. –No me cuadra que los pernambucanos no los hayan soltado tan fácil y con tantas comodidades de pago, algo no va bien- concluyó, en un comentario casi secreto y en voz baja que socializó únicamente con los integrantes de su cuerpo técnico.

En la primera práctica de fútbol, el Chicle quiso probar las condiciones  de la nueva figura. Armó el equipo en torno al nueve, con la consigna de jugar todos para el recién llegado.   Si bien es cierto que el “Chungo” se despachó con 3 goles en el ensayo  y dejó una gran sensación entre sus compañeros, quienes se frotaban las manos y alaban el talento anotador del nuevo fichaje, la actuación del goleador no convenció al experimentado entrenador.

 –Es un comilón, no sabe jugar al fútbol, hizo tres, pero  de las 10 veces que tuvo  para elegir, siempre decidió terminarla él, nunca un pase, nunca un pivoteó y descarga a la banda, nunca un intento de toque y me voy, cero marca, cero juego.  Lo que más me preocupó fue que cuando no se la pasaron porque no ameritaba la jugada, recriminó a todos sus compañeros por no jugar con él. Un ególatra puede ser un goleador pero nunca un buen jugador, compramos una bomba de tiempo…- confesó con tono de preocupación el hombre de gorra escocesa, gesto adusto y mirada penetrante, que desde hace más de tres décadas ejercía de DT  y que esta vez se había fiado de las estadísticas para traer  a un jugador.

No tardaría mucho en hacerse realidad la profética alusión del Chicle Quezada. Tan sólo necesitaron tres partidos para que el equipo se hartara de la falta de solidaridad y juego en equipo del “Mortero de la La Serena”, quien en el primer partido ya echó la culpa ante la prensa de que la caída se produjo por la falta de solidez defensiva del equipo, señalando un feo “uno no puede hacer todo, la defensa también tiene que hacer lo suyo”, que fue recibido con muy mal seño en el vestuario; en el segundo partido empeoraría las cosas  adjudicándose todo el mérito de la victoria conseguida en casa, concediendo un titular a un diario local que dejó boquiabierto al vestuario: “Sí, vine para salvarlos…”.

Sería tras el tercer partido cuando estalló la bomba en el vestuario. El cuadro “carmesí” perdió  3 a 2 un partido de infarto  contra Ferrocarriles del Norte, un rival directo en el objetivo de mantenerse en  la categoría de privilegio. El Chungo no hizo goles, ni recibió asistencias, ni siquiera estuvo cerca de anotar, casí ni la tocó. Alguien de la hinchada murmuró una filtración del vestuario que hablaba de un pacto de los jugadores para que, sea como sea, no pasársela al  centrodelantero. Se cansó el hombre de La Serena de pedirla y pedirla y nada. Un recital de aspavientos, protestas y señalamientos fue su partido, pero nadie parecía verlo, ni oírlo siquiera, ni el entrenador quiso protestar por la deliberada omisión de sus dirigidos.

-¿Qué les pasa conchesumare…? ¿Les encanta perder? Son horribles, dénsela al que sabe hueones… - clamó Rolando  al entrar en el vestuario.

Franco Calderón,  se levantó de su sitio, se sacudió la pesadumbre de la pérdida y se acercó al goleador preguntándole al mismo tiempo que alzaba su mano y la colocaba por sobre la cabeza del ariete -¿Sabes cuántas veces he alzado la mano en la cancha?-.

-Yo que se culiao… que me importa- contestó el 9.

-Miles de veces he alzado la mano en la cancha, el líbero siempre se encarga de dar la voz al resto para que adelante las líneas, sin embargo nunca la he alzado para reclamarle ninguna decisión a nadie, porque entiendo que quien juega pone su máximo esfuerzo en el objetivo de todos, ahí adentro todos somos uno y todos somos importantes para ganar. El que quiere jugar sólo tiene que buscarse otro deporte compañero- cerró.

-Y a mí que chucha me decí culiao- respondió el “Mortero de La Serena”.

-¿Sabes cuantas veces he levantado la mano fuera de la cancha?- volvió a interrogar  el  osco capitán.

-Ya no me jodai…- estaba diciendo el goleador, cuando sintió como una pesada mano morena caía sobre su cabeza como un fuerte mazazo que  pareció que lo clavó al piso, dejándolo paralizado, tembloroso y asustadizo.

-Es la primera en mi vida que me toca alzar la mano afuera de la cancha. Lárgate, quedas expulsado del equipo y ya sabes para que se usa mover las manos en la cancha- aflojó, mientras el de La Serena no despertaba del castigo,  agregando el hombre de 195 centímetros un tajante -dices una palabra más  y hay una fila de compañeros cabreados que  se pelean por quitarse las ganas que yo ya me quité, de darte un buen cocacho…- concluyó, mientras regresaba a ver los desencajados rostros de sus compañeros, ávidos todos  por descargar sobre el agasajado una buena tunda de testosterona.

Al siguiente día, ante la sorpresa de la afición, se instalaba en la prensa la noticia de que “El Chungo” Quezada regresaba al fútbol brasilero debido a que el equipo escarlata había recibido una oferta que era imposible de rechazar para un club con una economía tan castigada.