El jugador (de cabeza a pies) por Carlos Gallego, escritor argentino

El  jugador (de cabeza a pies) por Carlos Gallego, escritor argentino

 

El  jugador (de cabeza a pies)     

 

Sería pretencioso afirmar que lo que sigue será un análisis de pie a cabeza. Intentaré el sentido inverso para acercarme el tema más complejo del fútbol. Los materiales a utilizar serán el recuerdo, el asombro, la nostalgia, la sorpresa y la práctica, aún vigente, de “jugador”. Contaré, seguramente, con el insuperable recuerdo de cada lector que enriquecerá el texto con su propia experiencia.

 

Lo que no se ve.

Parafraseo lo oído al pasar, antes, durante, después, mañana, tarde, noche, repetido hasta el cansancio en los agobiantes programas que lucran con el deporte, usando la excusa más tonta que se puede esgrimir para forzar la realidad: “los hinchas quieren escuchar la palabra de sus ídolos”. ¿Cuáles hinchas? La única manera de gambetear este engaño es con un amague.

 

Escenificación de reportaje a jugador recién llegado a un club.

-¿Te gusta esta oportunidad?

-La verdad que sí.

-¿Y cómo te definís?

-¿Eeeh…?

¿-Cuál es tu juego, tu puesto preferido?

-Ah! la verdad, yo juego donde me pongan, esto es un trabajo y hay que cumplir.

-¿Qué te parece el club?

-Este es un club extraordinario, de los mejores del mundo, voy a tratar de dar lo mejor de mí, para toda esta gente se lo merece. Además tengo un tío político que es hincha de chiquito y me pidió que lo saque campeón.

-¿Y qué les prometés?

-Voy a tratar de hacer las cosas lo mejor posible.

-¿Y están para campeones?

-Eeeeeeh, se ha formado un grupo humano muy bueno, y hay buenos jugadores.

-¿Y vos que pensás?

-¿Eeeeh?

 

En la mayoría de estos “diálogos” el entrevistado utiliza una tercera persona de extraña composición gramatical: “-Uno siempre quiso jugar en un club como éste”, que mantiene alejándose de la situación y de su yo.

 

Dele las vueltas que quiera, copie y pegue, saque y ponga, tire centros rasantes, meta pases punzantes, aliente algún centro “a la olla”, busque paredes, haga señas cómplices, husmee (con perdón de la palabra), pero no podrá mover de ahí el diálogo, salvo rarísimas excepciones. Las hay, claro. Pero casualmente estos protagonistas no son convocados por el enlatado mandato de los medios, porque pueden sorprender y la sorpresa no va con el marketing, todo controlado, todo dirigido, a la venta.

Sospecho que hay una formación mucho más profunda en los jugadores pero que no la exhiben para no poner en evidencia a los entrevistadores.

Tarea ardua esta de comenzar jugando con el intelecto.

A pesar de los perseguidores, macrófono (así) en mano, preguntando bolusandeces, es poco y nada lo que se conoce. Tampoco hay razón alguna para conocerlo porque pertenece a su vida privada.

Hay curiosidades que llaman la atención, pero que no son parte de este trabajo, por el tema y por mi propia incapacidad. Inquietudes casuísticas.  ¿Por qué se casan tan jóvenes? ¿Por qué enarbolan los hijos, en las entradas a la cancha o en las entrevistas domiciliarias, o se pintan sus nombres en el cuerpo? ¿Por qué se ven obligados, además de la moda y la TV, a incorporar en el saludo, en el festejo o en la desgracia, a novias, esposas y afines? ¿Por qué la inconstancia de su estilo personal? ¿Por qué miran y señalan para arriba cuando hacen un gol? ¿Por qué quieren ser todos iguales estéticamente?

Sí, las respuestas parecen fáciles, y las preguntas pueden provocar alguna sonrisa sobradora, pero difícilmente se encuentren candidatos para responderlas a fondo, seriamente, y con certeza.

 

Lo que se ve.

El caprichoso filamento llamado cabello, o su sobrenombre, pelo.

Terrible problema. Arduo, complejo, preocupante, desorganizante, importante, repetido, copiado, inconstante, insoslayable, y hay más epítetos...

Sin ninguna duda una de las mayores angustias de los jugadores.

El turquito Mohamed nunca imaginó, cuando apareció con el pelo atado en forma de “colita” con un elástico de color rosa, lo que seguiría. Él, que se inscribió como transgresor, para ser y para jugar, no pudo sospechar este verdadero espectáculo de variedades. Largo, mediano, corto, ralo. Natural, teñido, coloreado, reflejado, iluminado. Suelto, atado (con elástico, hilo, vincha). Estable, inestable, cambiante. Rastas, trenzas, hilos, colgantes, rasurado militar, dibujado, mohicano, hitleriano. Todo surgido de las usinas de los suaves formadores de la moda.

Tanto tiempo malgastado en tratamientos, peluqueros, pero que digo, estilistas de moda, en género y número, dedicación absoluta. Tanto gasto!

 

-Ay! Es tan emocionante ver a Cristino Reinaldo cuando se acomoda el pelito sobre la frente, antes de patear.

-Y qué monos, cuando caen como fulminados por lo que parecía una terrible patada o una lesión irrecuperable, y antes de levantarse el primer gesto es dedicado a acomodar el mechoncito que se escapó del gel.

-Ah, que picarones los que aprovechan, durante el varonil enfrentamiento, la disputa de la pelota, para acomodar un codo sobre la parte rala, o tirar del bucle caído.

-Y que ricos cuando, antes de estar atentos a la jugada por venir, se sacuden los pelos caídos sobre el rostro con un gesto tan suave como sospechoso.

 

Peinar los rebeldes rizos, o los afilados pinchos de aquella niñez, no era tarea fácil. Pero, como “lo importante era ser limpito”, el ingenio materno se potenciaba ante la precariedad de recursos y la solución aparecía. A la blancura inmaculada del guardapolvo blanco (gracias al moderno pancito de “azul blanqueador”) debía sumarse el impecable peinado, raya y jopo, si fuere posible. Por lo menos, para llegar hasta el primer recreo, en el cual toda esa compostura se borraba en la primera corrida tras la pelota de papel y la eterna ilusión.

-Che, te metiste gomina a lo loco.

-seee...

-Mirá que te quedó el marote todo liso, no vas a poder cabecear.

-Que no voy a poder, tiramela a ver, tiramela...

Otra ilusión. La Brancato, una de las pocas gominas que lograban aplacar los pelos cortados a la “americana” o “media americana”, no figuraba en la economía del barrio. Pero para los grandes males siempre había remedios caseros. La receta era muy simple, consistía en mojar convenientemente el pelo, untarse las manos con grandes dosis de espuma lograda con el inefable jabón “gran federal marfil” y pasarlas sobre el pelo húmedo. Luego peinar a gusto. Cuando el empaste se secaba mantenía la rigidez, y lucía como un engominado de luxe.

La Brancato, la Glostora y la perdurable Lord Cheseline, lograban así publicidad subliminal. Todos sabíamos que no, pero parecía que sí.

Las madres cumplían su objetivo de prolijidad. Las maestras suspiraban hasta el primer recreo y a partir de éste aparecía el inefable, “Scuriatti, sáquese ese  pelo de la frente”.

Se jugaba con la ilusión.

 

Sigamos con el pelo, pero cambiemos de sitio. A no asustarse.

Barba estilo “mugre desprolija”, esa que no se sabe si está creciendo y falta afeitarla, o está afeitada y falta bañarla, o está bañada y falta organizarla, que no cubre, ni descubre, que no es descuido, desidia o bohemia, que da ese look vagabundo fashion en juego con el precio de las ropas de turno incluidas en la metamorfosis “vago y mal entretenido”.

Barba total, estilo intelectual francés desterrado o leñador ruso de la estepa, o barba parcial ubicada en sectores estratégicos de la cara. El más curioso es ese “arreglo vaginal” que a manera de penacho recordatorio señala el labio inferior, de la boca.

Y la barba candado, que aparece y desaparece mágicamente, pero no logra poner cierre definitivo a la imitación y la falta de personalidad.

Mención especial para la barba “revolucionaria”, usada por quienes creen que bajaron de Sierra Maestra, o los que alguna vez fueron echados de la plaza bajo el insulto de “imberbes”. ¿Por qué le habrán puesto barbas?

 

-No te pasés la gilé que te va a salir mas dura, pavote.

-Pero que sabés vos, que no tenés ni pelo...

-Pero sí, mi viejo me dijo que no joda con eso que después voy a tener  tiempo toda la vida.

-Sí, pero ahora que hago, ando con estos flecos. No viste como me juna la profesora?

-Pero no, a vos te juna por tu cara de pavo, no por los pelos...

Y la risa estallaba como el rayo misterioso de la canción de Gardel. Limpia, desprotegida, suelta, a correr como un arroyo entre las piedras.

La barba marcaba la iniciación de la hombría, más que ningún otro signo.

Afeitarla, marcaba la pertenencia. Hoy prevalece la desesperación ante el temor a la diferencia. Miedo ancestral que impone la imitación como una manera de pertenecer a la manada, que parece otorgar seguridad, propiedad, identidad. Dije,  parece...

 

De todas maneras, las chicas contentas. Es tan aterradoramente tierna la imagen del jugador inerte, (como el inolvidable Marlon Brando en la última escena de “El motín del Bountie”, arrasado por el fuego y el agua, con el pelo pegado a su cara), levantándose tercamente para volver al juego.

 

La ferretería

La evolución de la raza humana es tan impredecible, como constante, aunque también implica períodos de involución. Para conocer las causas sería necesario invocar las razones y características de cada pueblo, lo que no está a mi alcance. Lo que sí está es que los períodos de involución son cada vez más largos e intensos.

Lo que vemos en las tribus urbanas de jugadores, hoy, son argollas, colgantes, aros, pinchos, herrajes y afines, puestos en los lugares más insólitos de la cara, y zonas aledañas. Perforaciones, mutilaciones, introducciones, en zonas no tan aledañas.

Subsiste la necesidad de volver al pasado y adornarse la cara con metales de diversa forma y textura. Subsiste la religiosidad supersticiosa. Subsiste el aditamento como signo de valor. ¿Tanto trabajo para llegar al punto de partida? ¿Cuánto tardarán en esgrimir la lanza nuevamente?  Tal vez ya la han reemplazado con el teléfono móvil y otros accesorios.

Es un problema pedirles que se saquen la ferretería para entrar a la cancha, porque es justo el momento de las cámaras, del público, de la exposición, de la demostración. La tribu, reunida en congreso general constituyente, en el momento de la comprobación de que el púber ha alcanzado su adultez, o que el anónimo se ha graduado de famoso, de miembro.

En todo caso, por razones de seguridad, para evitar riesgos pero sin renunciar a señalar el símbolo de la travesía social, se suele cubrir la ferralla con un gran pedazo de cinta adhesiva de blanco radiante y llamativo, para ser visto.

La campana, recreo, ¡a jugaaaaar!.

 

La pinturería.

Por si esto fuera poco, en el resto de la cara, y el cuello, y el cuerpo, aparecen modernas pinturas rupestres. Lo que era estigma de marineros y presos, se hizo moda. Si pudiéramos suponer el conocimiento, podríamos aventurar que interpretaron erróneamente aquel axioma de la liga Hansiática, recogido desde Virgilio a Caetano Veloso, “navegar es preciso, vivir no es preciso”. Pero suponer, en este caso, es mera ilusión.

La distancia impuesta por la reclusión, en el mar o en la cárcel, se ha instalado en hombres,  mujeres y otras yerbas, tal vez como marca de una “libertad” de la cual no podrán desprenderse ni con la misma muerte. Lo que empezó como tímida muesca en alguna parte oculta, ha pasado a ser una agravación del riesgo epidérmico, trasladándose a todo el cuerpo. Pero, como todavía estamos en el rostro del relato, sólo reconozcamos que ha sido invadido por una decoración pictórica indeleble.

Antiguamente, los guerreros se pintaban para la guerra, las “guerreras”, también. Había pinturas de luto, de fraternidad, de comunión, de recuerdo, de amor eterno, de alegría, de guerra.

Ahora hay pinturas rupestres corporales de moda, y los jugadores se pintan obligados por su pulsión de pertenecer al cardumen. El efecto imitación corre tan rápido, como suele correr la pelota luego del ordinario zapatazo, tan frecuente en los partidos.

 

En el segundo tiempo, seguiremos con el resto, pero adelanto que ya existen pinturas hipoalergénicas para tatuar la parte interior del duodeno. Incluye visitas guiadas.

 

 

-No, no te hagas así que después no sale.

-Pero no!, si esto sale con agua y jabón.

-No, mirá que yo no me lo podía sacar.

-Sí pero a vos el jabón te da miedo...

-Pero no, te digo que me refregué y todo, y no me salía. Me duró hasta el otro día, y tenía que andar con la mano en el bolsillo.

-¿Y de qué era?

-Me hice a Misterix, acá en la mano.

El procedimiento casero consistía en tomar la cáscara de la mandarina y apretarla tirando el líquido que soltaba sobre el dorso de la mano.  Inmediatamente después aplicar el dibujo de la historieta, cuyos colores no eran muy firmes, y mantenerlo apretado un ratito. Mágicamente la figura se trasladaba a la mano, con colores difusos y duración limitada. Un juego sin identidad, sin supuestas pertenencias, con la única magia de la fugaz travesura, y con el temor de que fuera imborrable. Juego de infancia  y no de grandes, chicos.

 

 

Segundo tiempo (en el primero quedamos pintados…)

Es acuciante la necesidad del otro, de la mirada del otro. Es cierto que ésta nos constituye, pero de esta manera desesperada determina, decide, obliga.

Algunas pinturas son invisibles a la vista de su dueño. En la espalda, donde termina la espalda, en algunas partes de los brazos y de las piernas. En otros sitios suburbanos...

Es evidente que la yerra no ha sido hecha para solaz de su llevador, sino para admiración  de los demás. La mayoría de los lacerantes montajes son, irremediablemente, para el otro, para provocar la mirada, para pertenecer, para no quedar fuera de la onda.

Algunas son evidentes demostraciones de ternura, retratos, frases alusivas, amores eternos, que duran menos que el dibujo, nombres que deben ser besados, mientras se corre y se mira de reojo a la cámara. Otras, figuras fantasmagóricas, animales, grafías, guardas, banderines y gallardetes. En el viejo y querido blanco y negro, o en estridente color. Mínimas o invasoras, sobrias o disparatadas, parciales o totales, tiernas o agresivas. Pero, para siempre,  porque el dolor de la impresión es circunstancial, pero la marca, definitiva.

Cuando el tiempo seque la piel mórbida, y los arrebatos sensuales, provocativos, agresivos, alusivos, vayan siguiendo el ineludible curso de las arrugas y se trasformen en grotescas señales de la corrupción de la carne, será un espectáculo decadente. Pero nada importa si durante el destello que tiene la fugacidad de la imagen en la cámara, pudieron llamar la atención.

(Estoy en trámite para encontrar una imagen de Pompeya antes de las cenizas, para tatuarme el ombligo)

 

Repasemos.

Pelo, herrajes, impresiones.

Sigamos.

El gorro (otro accesorio inútil introducido por la paciente tarea de las “multinacionales invasoras”) tipo jugador de beisbol (baseball, si se quiere), que luego de cumplir durante años la función de evitar los reflejos lumínicos a los ojos, ha pasado a ser un cuidador de nucas o un sostenedor de pelos al viento, ocultador de marañas o de las amenazantes y tempranas calvicies. También el  gorro de lana, o símil, no importa la temperatura, tipo “tapate las orejas nene, que hace frío” metido hasta las amígdalas, ha iniciado la aventura de recordar las primorosas capellinas tejidas por las abuelas a manera de carpeta con elástico.

Lo curioso de esta evolución es que,  al gorro benteveo, el de la viserita, se lo ideó como protector solar de los ojos, luego pasó a ser un motivo de idolatría, y más tarde a la categoría de mamarracho, cuando a alguien se le ocurrió usar la visera en la nuca. Este uso, en los comienzos de este adminículo, estigmatizaba a quien lo usaba así y lo identificaba con Bólido (un personaje de historieta de neuronas recortadas y lento tránsito cerebral). La tendencia es la misma, pero sus portadores amenazan con un gesto inteligente.

Como todo vale a la hora de las cámaras imagino en el futuro a los jugadores, con aire de guerreros y luciendo un elegantísimo sombrerito Panamá o una gorra tipo Rolando Laserie, o un sombrerito tirolés o uno frutal, tipo Carmen Miranda.

Tampoco habría que desechar una máscara de algún personaje de película, o una coraza estilo Quijote, o que se yo... Todo depende de los deseos y las preferencias de los suaves formadores de la moda que tanto bien le hacen a la civilización.

 

Y por si esto fuera poco, hay accesorios como pulseras, colgantes, cadenitas con santos milagrosos, anillos, amuletos, sortijas, pendientes, y otras que mi memoria quiere olvidar. ¿Sería de extrañar que el cuerpo pasara a ser lugares para los sponsors? El vil comercio de la carne, en este caso de la piel, pero en serio.

Pensemos por un instante al “intratable” (los “periodistas” que viven del deporte, ignoran que no es sinónimo de imparables) de turno, que luego de un gol de rebote, pasará a ser estrella del frágil firmamento, luciendo en su frente: “Chocolate Carulo”, o en su brazo derecho: “Soda Terraplén”, y en su izquierdo (el que usa para amarrar a un rival en un corner) un llamado a la concordia  “Iglesia de los tantos de los últimos días”.

También podría ser  alguna instalación luminosa con leds para los partidos nocturnos. Un intermitente cartelito llamador que anuncie alguna marca de fideos. ¿Absurdo? Esperemos.

 

La vestimenta

¿Deportiva? La vestimenta no es deportiva, es para practicar deportes. Por sí sola no lo hace, todavía.

Dejemos “la de salir o de entrecasa”, la que se usa fuera de la cancha, porque pertenece al ámbito de las acciones privadas de los hombres, y de las mujeres, y de todos los que van y vienen, por supuesto.

Vamos a la que se usa durante el juego.

Las voraces marcas han caído sin piedad sobre las gloriosas insignias y, como se decía en lenguaje campestre, “ya no respetan pelo, ni marca”. Los materiales, las formas, los diseños (generalmente espantosos, pero útiles a la televisión), los colores, (pero ¿quién les dijo a los suaves diseñadores que seguramente nunca han pateado una pelota, que el gris o el negro, pueden ser colores predominantes), todo ese menjunje ha provocado un caos insalvable, una confusión definitiva. Por ejemplo se puede ver a un jugador cuando se va, raudo por la raya, con un color y un dibujo, en su camiseta y cuando éste, en maniobra diabólica, gira, uno se encuentra con otra forma y otro color. La magia de la televisión. Sí, la magia de la pelota...

Ni hablar de los avances publicitarios que este “mundo globalizado” ha transformado en  necesidad. Es ridículo ver a un jugador portar un pantalón, con su digno culo pintado por una publicidad y con  una camiseta que parece un auto de carrera.

Y el jugador, rebelde, luchador, transgresor, ¿como reacciona ante el peso de esa pamplina comercial? Ah sí, en la manera de llevar esos verdaderos stands. Salvo las excepciones de siempre, el desaliño debe primar. El pantalón debe ir lo más caído posible, tipo bamboleante vecino de Harlem; la camiseta fuera, o símil fuera, es decir, adelante metida un poco en el pantalón para habilitar la permisividad del árbitro, y atrás suelta, para ser fiel a los “principios”, y pronta a salir por sobre la cabeza ante cualquier festejo o para dejar al descubierto otras remeras accesorias con anuncios, recuerdos, salutaciones. Dispuestas, también, para ser cambiadas con el “temible rival” porque el diseño no tiene que ver con la gloria, y durará hasta el próximo partido.

Queda tiempo para generar el suspenso y la investigación de los “periodistas cardumen” dedicados a vivir del deporte, sobre cual será la próxima camiseta impuesta por el marketing, el merchandising,  y el jaguariu. Y la presentación, y el sorteo, y la pamplina del uniforme que muestre “la pasión por los colores”, que no se puede mostrar.

 

 

-Sí, tenemos el equipo, la bolsa de goma para el agua, la pelota, pero no tenemos camiseta.

-Y, sí, Club Atlético Laprida, y todo, pero tenés razón, no tenemos camiseta. 

-¿Y por qué “atlético”?

-Pero mirá las pavadas que preguntás, porque sí.

-Y bueno, lo más fácil es agarrar una camiseta blanca y ponerle una franja en el pecho.

-Azul!!!  ¿qué color va a ser, sino..?

Las madres, laboriosas bajo protesta, cosieron sobre las desiguales remeras blancas, las desiguales bandas azules.

La “sede” del club estaba en la calle Laprida, casi esquina Dorrego, o una cuadra más allá, o cerca de la cancha del club Nación, o donde nos reuniéramos cada vez.

La calle lucía con máximo orgullo una larga caravana de eucaliptos que eran contención, sombra y refugio. Ese olor medicinal perfumaba nuestros desvelos futbolísticos. La calle tenía corta duración, porque la interrumpían “la vía”  y los montes y las quintas frutales, que detenían el avance del ruido.

Los gloriosos colores salieron a la cancha por primera vez, en un desafío inolvidable, prontamente olvidado. Brillantes. La banda azul horizontal recortando el pecho que reventaba de orgullo. El blanco, níveo. Casi una bandera a la ilusión. Los rivales sorprendidos.

El partido trepó, como tantos otros, por pendientes de  ilusión. Cuesta arriba en los sueños, cuesta abajo en el resultado.

-Che, cada uno se lleva su camiseta y la trae lavada eh!!!

-Sí, pero que nadie se la olvide el próximo partido...

-¿Pero quién se va a olvidar la camiseta,  vos sos o te hacés?

La revancha se jugó la semana siguiente. Cada uno apareció, ya vestido para jugar, pero con la camiseta doblada.  Había como un sentimiento de vergüenza que nadie cantaba. Formación del equipo, palabras alusivas (vos marcalo al centrefouar, y todo eso), y a la cancha. El momento de ponerse la camiseta llegó y entonces, todos vimos lo que ya sabíamos: el azul había invadido el blanco, que se había trasformado en un sospechoso celeste. Algo se había consumado, y algo nacía.

La fugacidad de la ilusión, o la dulzura de la eternidad puesta a prueba. No lo sé. El fondo celeste agrisado soportó el avergonzado azulino, por largo tiempo, sobre nuestros latidos.

Este texto demuestra que el tiempo no ha logrado borrar aún los colores.

 

 

Las medias.

Aquellas resistentes azules, cercanas al lila y al gris, tan resistentes, tan vigorosas,  cuyo elástico gastado era reemplazado por un cordón para sostenerlas bajo el elegante dobladillo. Aquellas cuya colocación significaba un verdadero calentamiento previo. Tarea trabajosa, dura, porfiada. Aquellas, ya no están.

Unas tenues texturas que se adhieren con sedosa suavidad para no incomodar al pie, bordadas con bellísimas letras que anuncian la marca y que, curiosamente, siempre apuntan a la cámara de televisión cuyo conductor sabe como hacer, para enfocarlas o evitarlas, según el caso, han devenido en sutil reemplazo. Tanta ternura despierta su tacto que es demasiado frecuente ver como sus usuarios se las levantan permanentemente, sobre todo en los momentos en que razones que no integran la belleza del juego, indican “hacer tiempo”.  O acomodarlas,  ante el inminente tiro libre, como si guardaran una relación directa con la potencia y dirección de la pelota. ¿Qué magia tienen las medias? Son los tenues envoltorios que protegen las maravillosas herramientas. Las que hacen que unos dedos que intentan la desorganización permanente de “la pata” se conviertan en una armónica unidad para ingresar en el botín, con la dulzura de una caricia, cubriendo el vendaje o, según la moda, cubiertas por él.

Están también las odiosas canilleras (antes hablé de las corazas), suerte de protector que tanto mal hace a la elegancia, y tanto bien a la “canilla” cuando llega el artero botín, mostrando sus agresivos tapones. Y, en algunos casos, las inestimables pinturas rupestres que han llegado hasta las hábiles piernas que, a veces, están conectadas con el cerebro.

 

 

-Che, el zapato te comió la media. Esas “tres cuarto” te quedaron de zoquete.

-Sí, que querés si los zapatos me quedan grandes.

-Pero ¿te los ataste bien fuerte?

-Sí, pero igual, no hay caso.

-Pero ¿de quién son esos zapatos?

-Y, de mi hermano mayor, mirá, los dejó nuevitos...!!!                                                                                                            

 

 

Los zapatos

Las botas, los botines.

Botín, desciende –en el buen sentido- de la palabra bota. Al parecer de una bota pobre, a la que no le dio el cuero para la caña. De diversos usos, el principal fue la protección del frío y otras inclemencias terrenas, y por ese devenir imprevisible recaló, con diminutivo, en  zapato de fútbol.

Los que ni canas peinan, recordarán los inefables “botines Patria”,  hechos con una especie pétrea del cuero que aun traía refuerzos en talón y puntera. Un artefacto rígido en el cual el pie calzaba, o se amoldaba a la fuerza. Una pieza única imposible de flexionar que obligaba a caminar como desfilando, y a destruir cuanta menudencia aparecía a su paso. Estos “destroyers” calzaron a varias generaciones de las clases humildes, se entiende, y todavía hoy están, modernizados,  en las casas de venta de ropa de trabajo. Los antiguos botines tenían un parentesco comprometedor con estos tamangos.

 

A nosotros la modernidad nos había alcanzado con “Juan, Perico y Andrés, los tres usan Llavetex”. Esos precarios antecedentes de la diosa Nike, y otras diosas marcas  eran sí, precarios.  Se disputaban el mercado con las “Pampero” y, en escala menor, con las alpargatas “Rueda o Luna”. Eran de tela, y con ninguno de los atributos que hoy cargan las zapatillas. Eso sí, eran con “aire” (air, si queda mejor). Precisamente, ante el primer embate de la número cinco, la tela se abría como un capullo y permitía ver las medias, cuando no los dedos armoniosamente dispuestos en fila de cinco.

Los botines, eran para mirar en las vidrieras. Un lujo al que ninguno del barrio accedió en su infancia.

Tras un paciente trabajo de hilandería suiza (...y, para invierno son calentitas, y son como botas, y para ir a la escuela, también) que duró largo tiempo, en el que nunca abandoné la sistemática argumentación sobre sus bondades, conseguí que mi vieja me comprara una novedad: Las Pirelli. Al tono con la precariedad de las anteriores, con algunas mejoras, símil “basquet”, pero con pinta de botines (ese era el sueño, la ilusión y la fe), pasaron a ser la novedad de la barra. Y yo conseguí la fugaz admiración por su posesión.

- Esas no te van a servir para jugar porque no vas a poder doblar el tobillo.

-Que no, vos que sabés, mirá como la domino. Decía escondiendo la pelota bajo la suela negra y rugosa.

-Sí, que vivo, poniéndola así, con la mano. Vas a ver cuando venga de alto.

-Pero mejor, si viene de alto, queda muerta con esta suela especial.

-Y no vas a poder correr porque los cordones llegan muy arriba del tobillo.

-Pero andá, con estas no me para nadie. Estas corren solas...

-Sí, claro, las “corrensolo”, jajajajajajaja.

La admiración escondida detrás de la burla, estableció para siempre ese mote. En el barrio nunca más se llamaron Pirelli.

La negación, el menoscabo, no hicieron mella en la marca italiana que pese a ese traspié, siguió haciéndola de goma.

La adolescencia y el tiempo de jugar “profesionalmente” trajeron los ansiados botines. Los democráticos sacachispas, los sportlandia, los fulvence, todos “reforzados” y todavía duros. Los Realco fueron los primeros blandos que recuerdo Después, la modernidad.

Con un detalle que no es menor: Los tapones. Aquellos botines tenían suela de suela. Bovina, si fuere posible. La misma que se usaba para la famosa “media suela” con la cual los zapateros rejuvenecían los zapatos gastados. Los tapones, del mismo material, eran tres capitas superpuestas, clavadas (clavadas, dije) a la suela. El uso, como en todas las cosas, iba gastando las capitas y dejando al descubierto los temibles clavos que solían aparecer reproducidos en líneas ondulantes y nítidas en la “canilla” de algún rival.

El cuidado también era con grasa, del mismo tenor butirométrico de la robada a la milanesa casera.

                   Con esas herramientas, se jugaba al fútbol.

 

 

Es imposible, hoy, describir la cantidad de marcas, materiales, formas, peso, colores, hormas, diseños, decoración, atributos e intenciones, que lucen los botines. Con una regularidad indetenible aparece algo nuevo, revolucionario, que asegura mayor adherencia, mejor pegada, en fin, el triunfo (de la empresa que los fabrica).

Verdaderas artesanías, bienvenidas a todo pie. Obras de arte de materiales tan livianos como el mismo aire. Dulces texturas que se adhieren epidérmicamente. Colores que rompieron el señorial e irreemplazable negro absoluto para pasar al irrespetuoso rojo, al impensable blanco, al enigmático dorado (también estilo Harlem), al azul cobalto, al marrón tierra siena tostada y las combinaciones enceguecedoras de rosas, azules y amarillos. Mezcla de materiales, plástico, acrílico, cuero de bisonte, de canguro, de colibrí. Los más diversos formatos. Cambio de lugar del acordonado, en algunos casos ladeados como la sonrisa de Gardel. Y lo inimaginable: uno de cada color!

Motivo de seguimiento por cámaras algo cómplices.

Motivo de angustia por la imposibilidad de estar siempre al día.

Motivo de regocijo de la población bovina que ha dejado de ser perseguida.

Motivo de negocios, negocios, negocios. Pero no, hay que desterrar esas ideas maliciosas.

Todo está pensado para embellecer, aun más,  el juego que ya es bello. Nadie ose pensar que la vorágine consumista desatada por las marcas logra resultados económicos inimitables, tanto como los botines.

Y, los jugadores, entran en este juego, más que en el otro.

En este rubro, raramente, resiste una especie de autonomía donde cada uno decide su propia seducción. Esta se ejerce de muy diversas maneras, léase dinero, Money, guita, divisas, o no divisas.

A pesar de todo esto, generalmente y salvo rarísimas excepciones, quien disfruta de una mayor autonomía, es la pelota. Los ídolos con sus botines alados, como dioses griegos, muy pocas veces logran que la pelota llegue donde pensaron, si pensaron.

Pese a la complicada maquinaria de la publicidad.

En fin, en este punto, la imitación deja paso a la competencia, inyectada por la propaganda, pero insiste en el deseo general de poseer para pertenecer.

 

Hemos llegado a los pies, verdaderos ejecutores del juego del fútbol que es el único que se practica sólo con esas extremidades, no tan inferiores en este aspecto. Que no se escribe con las manos, dirán los psicólogos.

Después de volver la mirada a este muestrario, que seguramente cada memoria y percepción abonarán, se presentan como inevitables, preguntas que corresponden a otro orden u otro conocimiento.

 

-¿En la imitación,  está la diferencia de estilo?

-¿En el desesperado intento de pertenencia, está la identidad?

-¿La personalidad, ha dejado de ser individual?.

 

Sociólogos del mundo, uníos.

Mal intitulados “periodistas deportivos”, abstenerse.

Psicólogos, piedad.

Jugadores, a jugar!

 

A todos los que han podido y pueden jugar con una sonrisa.