HISTORIA: ¡Viva el fútbol!

Por Paulo Dutra

Mi compadre ignoraba dos hechos importantes. Uno de ellos es que hay dos terminales en el aeropuerto de la Ciudad de México, lo que, además de casi costarnos la amistad, merito merito, casi nos cuesta perder la oportunidad de visitar el imponente estadio Azteca; el otro es que dependiendo de lo que dice el pasaporte de cada uno, el agente de inmigración no saluda y ordena incisivo quitarse el sombrero y presentar reservas, boletos de regreso, certificado sanitario y la chingada (es un decir).

El muchacho que condujo el Uber conocía bien las vías y los atajos, así que de Polanco al estadio nos movimos en un parpadeo. La tensión, la emoción, el agobio en llegar y el miedo de que los dioses no nos permitieran alcanzar a ver el partido en el Azteca se disiparon junto al rico olor a comida callejera en rededor de ese histórico templo del fútbol. Pedir pollo es estrategia segura cuando está uno con hambre y desubicado gastronómicamente, sin embargo, desafortunadamente no hay tacos de pollo en esa zona y a mi compadre le tocó la vergüenza de aguantarse la mueca que le puso el vendedor de tacos cuando, por quererme mucho, me hizo el favor de ir a pedirlos mientras  yo le guardaba  lugar en la cola. 

Es aquí donde finalmente empieza la historia de nuestra visita al descomunal estadio, porque la sobredicha fila era quijotescamente igual de descomunal. Escuchamos el primer gol de (cementos) Cruz Azul desde afuera, aún haciendo la cola, y el segundo ya dentro de los portones mientras pagaba no sé cuantos mil millones de pesos que se traducen en algunas decenas  de dólares por dos playeras. A esas alturas ya teníamos que andar sosteniéndonos y sujetando los pantalones de la mejor manera que podíamos porque en ese estadio en particular los cinturones son considerados un peligro atómico y no pasan más allá de los portones. Claro, como siempre en nuestros países hay alguien ahí muy bien preparado para guardarle a uno cualquier cosa que los agentes del orden y de la paz no permitan pasar, por unas monedas o un billete azul. 

La altura nos cogió y ya casi (no) llegábamos a la parte superior de la rampa cuando una muchacha se compadeció de los dos giles (ni la camiseta de Cruz Azul puesta escondía la apariencia de turistas perdidos y desubicados frente la geografía del estadio) y, minuto 40 del primer tiempo, nos condujo a nuestros asientos allá arriba en el medio de los hinchas del equipo local, por un billete azul...

Cerveza gringa, comida gringa, anuncios gringos, fútbol latino. Se me ocurrieron tres revelaciones impares. En ese momento de contemplación del gigante Azteca y del alambre de púa delante nuestro, vimos a dos equipos llevando los colores blanco y azul y nos dimos cuenta de que a) no supimos cuál de ellos era el (cementos) Cruz Azul y casi celebramos un gol del Pachuca, b) el estadio estaba semi vacío y que la matemática quizá no sea una ciencia ni tampoco exacta, ya que había más gente en la cola que adentro del estadio, la c) es el alambre de púa en 2019. Cerveza gringa, comida gringa, anuncios gringos, fútbol… Bueno, vinimos desde lejos a ver el estadio, bello, majestuoso, el fútbol es lo de menos. Sí, hubo más goles, probablemente más debido a la ineptidud de las defensas que a otra cosa cualquiera. Olé Olé Olé Olé, Azul! Azul! No hace falta la rima. Cerveza gringa, comida gringa, anuncios gringos.

¡Viva el fútbol!

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