Las canchas (Por Carlos Gallego - Escritor argentino)

Las canchas (Por Carlos Gallego - Escritor argentino)

 

Lo pasado no es, indefectiblemente, lo mejor.

Si apelo a los recuerdos, algunos lejanos y otros no tanto, aparecen en imágenes los verdaderos potreros, adornados con matas de yuyos varios entreverados con algún cardo (aquel al que cantó Celedonio Flores), alguna ortiga agresiva, alguna paja brava (con perdón) o cicuta, con todas las rimas. Es cierto que allí se aprendía la destreza, la gambeta, la adivinación del “pique”, la carrera serpenteante. Pero también se conocía el sufrimiento ante la caída sobre esos materiales abrasivos, adobados con cascotes, huesos, vidrios y otros peligros, para el raspaje de las zonas expuestas, para ser explícito, la parte del pobre culito que se arrastraba entre vivas de compañeros y ayes propios, cuando tirarse a los pies del contrario, era inevitable.

 

“Hoy todo ha cambiado, florecen las plantas...” (Silencio, Pettorosi).

            El placer que produce ver correr la pelota sobre esos verdes intensos que tienen la suavidad del terciopelo, y la humedad de dos lágrimas, es difícil de expresar.

El sedoso lecho de los campos portugueses genera una libidinosa idea del juego erótico (¿por qué no?), la tersura de los campos ingleses, a pesar del sol amarrete y de la lluvia constante, llama a la envidia, la presentación de los terrenos españoles, italianos, alemanes, franceses, etc., produce ineludible admiración.

Se ha logrado la perfección. Nos hemos olvidado de aquellos fatales momentos anteriores a la suspensión del partido por la “lluvia caída” (siempre me pregunto cómo es la lluvia no caída).

            En nuestro país se ha logrado pensar que, si el terreno de juego es todo verde, si hay pasto y está parejo, se logra que el efecto televisivo sea mejor y que el contraste contra el fondo verde resalte los ornitorrínticos colores de las camisetas, y que las publicidades de todo tipo, y otros valores que supimos conseguir, aun pintadas sobre el mismo terreno, mejoran su nitidez. De paso, la pelota se desliza mejor y los jugadores pueden tener algunos deslices, y acertar con los pases. Finalmente, un logro, sí.

Pero, en este nuevo contexto, el horizonte se achica nuevamente. La publicidad invade todo, TODO. Estática, movible, cambiante, diversa, invasora. Quita espacios, produce contaminación visual, distrae, compite con el juego mismo, se impone. Se sube a caballito de las líneas, se implanta sobre el legendario “círculo central”, apabulla al que va a patear el corner. Los carteles son un peligro para el que llega a velocidad (lesión de Lavezzi), limitan, material y visualmente, el terreno. Permiso, PUDRE.

Los fotógrafos, con o sin banquito, disputan el sitio. Muchas veces para cumplir con el eterno ritual del centro a la olla o del pase rasante, el jugador debe, antes, hacerse lugar, desplazar algún “material de trabajo”, o salir de entre la fila de “reporteros gráficos”, como un aparecido, para encontrarse de golpe con la pelota, sin lugar para un buen recorrido, o un impulso suficiente. (Tal vez ésta sea una explicación de la abrumadora mayoría de “centros al primer palo” que son regalo para el defensor allí colocado)

            El hincha, que necesita ser protagonista de algo, aunque sea de la imitación, agrede la cancha arrojando inmundicias de todo tipo, con enojo o con dudoso júbilo. Le impide mostrarse limpia, oferente al juego. Y aun la trepa, la rompe, la enmudece, la despoja. Es más, se mofa con desprecio de quien intenta la limpieza.

            Los árbitros, tan pulcros en su apariencia, permiten que se juegue en medio de la mugre, sin que se distingan las líneas y con los jugadores se enredándose, además, en los rollos de papel.

“¡Se viene Boooooooooca...!”. (foul a la gramática en ese pronominal puesto de moda)

            Los jugadores parecen complacidos con este barullo bíblico y jamás se muestran molestos por esta roña habitual. Nunca intentan retirar un papel.

Los dirigentes se regodean con la “participación” de la hinchada. ¿De dónde salen los “papelitos” con los colores del club, banderas, banderines y gallardetes, globos, cohetes y petardos, bengalas y otras menudencias, sino de la permisión de ellos mismos?)

 No obstante, los duendes del juego permanecen. En las noches, cuando el rocío le ruega al pasto que lo deje ser joya engarzada en su verde, vuelven a poblarlas. Con rubores de vergüenza y temblor de iniciados, los antiguos pobladores, y los nuevos que se niegan al cierre definitivo de su talento, dejan que los pájaros silvestres de su picardía, indefectible y únicamente aplicada al juego, se entreguen a las caricias de la pelota, en un picado eterno.

Los nombres no son necesarios. Cada uno guarda en los arcanos espejos de su memoria los suyos. Y cada uno tiene algún dios de ese templo.

Pero la línea, la última línea de cal, esa que parecía correrse un poquito para hacer posible lo imposible, es la que sabe que el único diez, estará siempre (no es necesario el nombre). Un mínimo instante transcurría entre el sufrimiento y el enorme goce, cuando la pequeña zurda llegaba, amoldándose a la pelota, sobre la línea, y la angustia de lo imposible nos ensuciaba los ojos, y el “ya no llega, ya no puede” nos quebraba la garganta. Entonces la línea se abría un poquito, se corría como distraída, enmarcaba ese inexistente espacio por donde pasaba el guante que se doblaba partiendo el tobillo en mil articulaciones, y la pelota se despedía, con tristeza, para visitar la frente del compañero que llegaba, sabiendo.

Esa imagen está junto a todas las líneas.

Cuando el recuerdo se detiene en una esquina y convoca a los sabios que han sido, se apagan los anuncios, se pierden las logias políticas, se disuelve el rumor económico, se pianta la prepotencia del “bravo”, se esconden los miedos conservacionistas de algunos técnicos y crece la ilusión, el amor, la fantasía del soñador que espera, siempre, que sus ojos reflejen esa maravilla llamada juego. Entonces, el tablón (no importa que sea de cemento) sacude sus oídos cansados, se enternece con la sonrisa del amante y su carne recibe la mano que se tiende en aplauso y se crispa en ansiedad, para impulsar el grito mínimo, sin estridencias, sin desmesura. Una voz que no hiere, sino que alimenta la fiesta.

 

Porque el futbol, mal que les pese a muchos, es una fiesta.

 

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