PREVIA: Ecuador vs Japón El olvido (Especial Paulo Dutra Escritor brasileño)

Nadie se acordará del gobernador Magalhães Pinto aunque se supone que tuvo un rol protagónico en la destitución del presidente João Goulart en 1964. Mucho menos se acordarán del “Estádio Governador Magalhães Pinto”, así somos lo brasileños. Tenemos una memoria efímera y perturbada. Además, tampoco nos gustan los nombres largos, aunque nuestros padres (es un decir, porque de hecho nuestras madres y, hoy, aun más común, nuestras abuelas) insistan en usar larguísimas designaciones que lucen en nuestros certificados de nacimiento como los nombres de los Emperadores brasileños de antaño, aun mismo cuando el espacio dedicado al nombre del padre suele ser cada vez más llenado con tachones o la expresión “no declarado”. No nos gustan los nombres largos y por eso somos, Betos, Bebetos, Ronaldinhos, Fios, Tostões, Martas, Formigas, Vavás, etc.

En 1962, cuando ganamos el mundial en el Estadio Nacional de Santiago, Magalhães Pinto era gobernador del estado de Minas Gerais. Pensar que dos años después de nuestra segunda copa se nos presentó una dictadura y, que, como recompensa por sus esfuerzos y maniobras políticas a favor del establecimiento del régimen, lo condecoraran con el honor máximo que se puede otorgar a una persona en el país del fútbol – tener su nombre luciendo en la entrada principal de un estadio de fútbol – trae al paladar el sabor amargo de la intrínseca relación entre el fútbol y las prácticas políticas mezquinas. Para bien o para mal nadie se acordará del gobernador que, según parece, no estaba muy convencido de la viabilidad de la construcción del estadio homónimo. Dicen que incluso se buscaron en el Japón referencias arquitectónicas e innovaciones de ingeniería para llevar a cabo el proyecto del estadio. Por dicha, nadie se acordará que prestó su nombre al estadio donde, hace un par de años, otro evento digno del olvido tuvo lugar delante de 58.141 personas que pagaron (FIFA no hace público el número total de presentes) para asistir a lo que ya se suele llamar de mineiraço. Afortunadamente nadie se acuerda del gobernador porque imagínense la repercusión de un “pintaço” y la connotación sexual soez del término que gracias a las deidades del fútbol y a la pereza que tenemos a los nombres largos se evitó solamente porque al estadio le decimos Mineirão nomás.

El estadio Mineirão volvió a ser noticia ahora que se nos presenta la Copa AmericAsia. Parece que no se ha recuperado todavía del golpe y de la maldición de los eventos político-futbolísticos del 2014 y vuelve a recibir destaque porque acoge el partido que más le preocupa a la organización. Solamente 1400 entradas se habían vendido hasta hace un par de días para el encuentro entre Ecuador y Japón. La culpa de la baja expectativa ¿la tendrá Ecuador, Japón, la combinación, la maldición del 2014, la inspiración arquitectónica japonesa para la construcción, el gobernador olvidado? Ninguna de las anteriores. La culpa la tiene el fútbol moderno, secuela de la administración moderna que, como, incisivamente, lo apunta mi compadre Carlos Gallego, invocando a Quevedo, es “Negocio, y no busque más” porque “Poderoso caballero, es don dinero”