ANÁLISIS: Junior y Maradona (Especial Felipe Fiuza poeta brasileño)

Cuando yo vivía en Brasil, pensaba que la rivalidad entre Brasil y Argentina era la mayor del mundo de los deportes. No sabía que era Béisbol, ni tampoco que eran los juegos universitarios americanos. Deportes donde, de hecho, hay muchísima rivalidad, probablemente más que en el fútbol. Hay rivalidades inventadas, como la del Flamengo y la del Fluminense, creada por Mário Filho. Y hay rivalidades unilaterales, como la de los Cubs, que se quedaron cien años sin ganar un título, hacía los Cardinals, que juegan en la misma división y ganaron “el mundial” 11 veces. Igual que el Atleti y el Madrid, otro ejemplo de rivalidad unilateral. Así que, en los 90, por mucha culpa de la televisión, era común oír a la gente decir que odiaban a los argentinos. Así nacía otra rivalidad inventada. Había gente que, por todo eso, decía que era más importante ganarles a los “hermanos,” que ganar a la copa misma. Quizás por las copas de 86 y 90, y por nombres como Caniggia, Batistuta y Maradona. Caniggia que incluso era muy malo, pero que anotó el gol de la desclasificación y se volvió en sinónimo del odio. La única excepción era un primo, Junior, que se portaba como hincha de los argentinos y decía que quería mudarse para allá un día. Juraba, por supuesto, que Maradona era el mejor de todos los tiempos, aún que Pelé haya anotado más de 900 goles que él otro y ganado 3 copas. Sin embargo, no había manera de disuadirle a mi primo de que su gigante era un molino. Hoy está casado y, parece, la esposa lo curó.  Incluso ya miran los partidos juntos con los demás en el bar, pero me pregunto, a veces, si todavía no sueña con Maradona por las noches... nunca lo sabré.

 

Mucho después conocí a algunos argentinos. Y me sorprendí en darme cuenta de que no les importaba en nada la famosa rivalidad. De hecho, tenían admiración por los jugadores brasileños, Ronaldo, Ronaldinho, Rivaldo, etc. Tampoco se perdían el tiempo en la discusión de quien era el mejor. Lo que les importaba era el “jogo bonito” de la “canarinha,” dos nombres que ya no se suelen usar en Brasil, pero que todavía se ven en todos los periódicos y sitios web de fútbol en Latinoamérica para referirse a Brasil. Todo ha cambiado mucho. Ya no hacemos tanto “jogo bonito,” pero, joder, que defensa. Mirar partidos en los bares también se ha vuelto en otra experiencia. Antes, había como UNA tele de eso de unas 29 pulgadas y había que llegar temprano si uno quisiera mirar el partido más de cerca. Hoy hay tantas teles en un bar que uno no sabe en que dirección mirar. La albiceleste ha cambiado tanto como la canarinha. Los jugadores con la 10 ya no son los protagonistas de los partidos, aunque los periódicos todavía no se hayan fijado en eso. Creo que el efecto Caniggia, el odio de los 90 de los brasileños hacía los argentinos, se va a llamar en Argentina Allison y les va muy bien, porque tiene aliteración. Así funcionan las rivalidades, inventadas o no. Es decir, la unilateralidad, si existe, viene del hecho de que siempre le va a doler más en el lado que va perdiendo. Quizás en 20 años encuentre a un argentino quejándose del partido de ayer y jurando que Messi ha sido el mejor de todos los tiempos. O quizás el hijo de Junior se va a pelear con su padre diciendo que quiere ser argentino. A ver.