Análisis: Chucho Benítez lo que sé

Desborde, gambeta, cambio de ritmo. Nunca quiso llenar los zapatos de su padre. Ermen, su progenitor, era goleador y le llamaban Pantera. Él siempre quiso ser “Chucho”. El niño que jugaba entre el lodo y el olor a gasolina generado por una refinería. El destino le permitió salir campeón. Mientras más copas ganaba el cruel público lo criticaba. La profesión es ingrata, pero con beneficios. En el Santos Laguna de México rompió caderas, dejó porteros recogiendo la pelota de la red, mientras el estadio se caía con un solo grito: Gol.

Pasó al América, aunque en Ecuador le vamos al Necaxa. Fue campeón, ídolo, salida por la puerta grande y en hombros. El Azteca se inclinó ante él como antes sucumbió con Aguinaga y Estupiñán. El coloso de Santa Úrsula lo guarda entre sus memorias de mundiales, de copas y de goles.

Llegó la tentación. Dinero, mucho dinero. Ya tenía la gloria. Era momento de salir, de irse, aún sabiendo que iba a regresar. Qatar, petróleo, arena, desierto, lugar donde el gol se mezcla con el dinero y las refinerías. Un dolor en el abdomen y no existe traductor, no existe respuesta, una camilla, una luz blanca intensa, su último suspiro, el último aliento. Tierra lejana, doctores sin respuesta, equipo negligente. El llanto de su familia, de la hinchada ahogado en una organización corrupta sin respuesta, en una Estado indolente, en una Federación cómplice y encubridora.

Duele la falta de respuestas y a medida que pasa el tiempo duele el olvido.

Palabras Clave