Cuento: Garúa Por Carlos Gallego escritor argentino

Calamidades eran aquellas…!

La historia humana es el retrato de sus calamidades. Surtido completísimo de supuestos castigos de supuestos dioses para supuestas faltas. Guerras, Peste bubónica, fiebre amarilla, cólera, viruela, poliomielitis, las plagas de Egipto (queda una sensación que siempre andaban entreverados los hebreos y sus parientes cercanos), sarampión, gripe gallinácea, etc. (Este etcétera es un buen recurso para decir no recuerdo las otras), pero como todas, la enumeración es incompleta. Ahora un virus con corona (apelemos al humor para no llorar), nos tiene apuntados y nadie sabe si estará en la lista.

Breve introducción para presentar una humilde alegoría, al correr del teclado, con el intento de mover alguna comisura en sonrisa y distraer un momento. Si acaso lo lograré, sirva como aliento y cariño para todos.

 

Garúa. (Tango, Enrique Cadícamo y Aníbal Troilo, vale un “de pie, señores”)

 

Los Sumerios, que merecen el mayor respeto como la civilización más antigua y creativa, llamaban diluvio (todavía no en español, claro) a la inundación, no a la lluvia. Su barrio y su barro estaban entre el Eufrates y el Tigris, de allí eso de Mesopotamia. La inundación para ellos era una costumbre tan repetida y saludable como la salida del sol. No era todos los días, es una exageración, pero sí alguna vez al año, y el agua, cuando se iba mansamente, dejaba su limo fértil para el trigo, la soja (que ya cotizaba en Chicago), y los nabos, ah sí, porque eran grandes consumidores de nabos.

Como todo fenómeno inexplicado, en esos tiempos con gentes de mentes frescas que todavía no habían sufrido invasiones, aunque eran merodeados por los griegos, era tema para todas las supersticiones y todas las leyendas. También era inspiración para algunas letras de tango (¿cómo no?): “Mirá lo que lograste con tus lágrimas”, “No llores más que se inundó el ropero” y así. Las leyendas se difundían lentamente, el facebook ni gateaba y los sistemas de mensajes eran bocaoreja,  a pie o a caballo, cuando se conseguía uno porque el trasporte hacia el conurbano de la Mesopotamia era un desastre y el boleto costaba un ojo, de la cara sí, ¿de dónde si no? Y ya todos se habían avivado y le esquivaban a eso de andar pagando a ojo.

Aclarado entonces, cuando decían “diluvio” no se referían a la lluvia.

Los griegos, que eran “olvidadizos” para citar el origen, habían manoteado de este pueblo la leyenda del diluvio. Copiones de ojo largo la  habían mezclado con relatos de Hesíodo sobre una inundación para terminar con una historia de lobizones (y con la luz mala, la llorona y otras supercherías) El sistema imaginado era siempre el mismo: inundar para barrido y limpieza profunda. Método sencillo, directo, impersonal y eficaz.

Los hebreos, que no manoteaban ni copiaban (oraciones por la mentirilla), adaptaron estas fábulas para su biblia y le pusieron su firma. Si lo pensamos bien esta historia es como la novela del León de Francia, la hacían en cada pueblo con los elementos y los actores que tenían, en adaptación  y versión libre. En su furor por completar renglones de su biblia, llamaron a los guionistas de la época y los instruyeron para adecuar esos relatos que tenían ya unos dos mil años, y sin pudor alguno le metieron el sello “de la casa”. Total por ser de autor anónimo y uno de los casos de memoria colectiva más difundida e incierta, nadie iba a andar reclamando los derechos intelectuales. Así, sin decir agua va (notar la sutileza), se internaron con mucho entusiasmo en su propio relato y salieron en busca de los personajes, al revés de Pirandello.

Justo pasaba por allí Noé que era justo (siempre pasa alguien cuando es necesario al relato) y le dijeron que era el elegido del señor, y que volteara unos cuantos árboles, los hiciera tablas, les pasara la garlopa para dejarlas lisitas y construyera un arca que sería la de Noé, precisamente. Además, le dijeron que se iba a largar una lluvia interminable que terminaría y que reuniera a sus hijos y algunos bichos y al aviso de “viene la lluvia” abordaran todos, esperaran que el agua subiera, rezaran para que el catafalco flotara y que después, si esto ocurría, recibirían más instrucciones.

Ahora bien, ¿si la inundación proclamada iba a ser justamente universal y se iba a inundar todo, y nadie se salvaría, los escribas dispuestos al relato  como entusiastas testigos,  dónde se guarecerían? Ah sí, otro misterio de la fe.

Dicen los que saben que en el cuaternario, cuando se produjeron grandes deshielos, hubo inundaciones parciales que cambiaron un poco la geografía y que, lógicamente, para los habitantes de los barrios bajos, fueron hechos traumáticos. Pero no fueron castigos divinos, ni hubo arca, ni animalitos de ningún dios, fueron hechos de la naturaleza que el homínido registraba y explicaba con su incipiente conocimiento.

Los voceros presidenciales dijeron que el Jefe se había cansado de la mala educación de la gente que tiraba los envoltorios de golosinas en la calle y todo eso, y había pensado en una forma segura de exterminio, que en esto de los correctivos no se andaba con gotitas. Ah no, lo mejor era barajar y dar de nuevo. Limpieza por inmersión total y arranque de cero (Pero ¿los que quedaban para el cuento como harían para salvarse, y quienes serían, si sólo debía flotar el arca con sus ocupantes?)  A cualquier político actual que intentara un proyecto así le estarían diciendo: vengativo, perverso y genocida, por lo menos, y le estarían cantando “que se vayan todos” y “tu madre será una santa pero vos sos un hijo de ella”. Pero al dios de la limpieza profunda y universal, nada. Ni un reproche, ni una queja.

Pero dejemos esos detalles para no perjudicar el relato, no nos distraigamos con pamplinas. Noé siguió instrucciones (que ahora daba directamente el boss) y con el planito, las maderitas, y paciencia de años, se mandó un arca. ¡Lo que es tener una visión anticipada!  Así, estos profetas del servicio meteorológico, que años antes sabían de la lluvia, se preparaban con el tiempo necesario. Noé y sus hijos se preguntaban todos los días “¿Qué corno hacemos con un barco en medio del desierto?” Y  cantaban, “yo no soy marinero, soy carpintero, soy carpintero, bamba, bamba”, pero la fe mueve arcas (cuando llueve) y se mantuvieron fieles a su promesa. Por supuesto la gente del barrio se cambiaba de risa, se burlaban, y les decían que estaban locos y todo eso que puede decirse a un tipo que construye un barco en el desierto. Pero Noé resistía las burlas y por lo bajo mascullaba: ríanse nomás, ya van a ver cuando venga la tormenta. ¡Cien años de laburo! Epa, a ver hagamos cuenta, si ya era grande cuando fue designado arquero (no, goalkeeper no, capitán de arca) y tardó ese rato, cuando la terminó tenía como ciento cincuenta años, y los hijos ya eran viejos, y los nietos eran jóvenes. Y los escribas todavía estaban ahí, firmes, controlando la obra del señor, todos sin edad. Seguro que contaron con un almanaque milagroso. Fe, lectores escépticos, fe!

Pero la jarana seguía. Las multinacionales de la fritanga se habían instalado con otros productos y las bolsitas de colores (frites and others) seguían cayendo en el piso, y algunos tiraban los papelitos de chiclets, o de pastillas mentoladas o de alfajores regionales de fruta, donuts y otras levaduras, y tiraban la yerba en la vereda total era vegetal, y revoleaban los envases de gaseosas, y todo se había empezado a complicar con los pañales descartables y las bolsitas del supermercado. Ah no, dijo el Jefe exasperado, les mando el agua y se van todos a la boca de tormenta. Insistió con Noé, vos metete ahí con tus hijos y los animales y que flote porque si no se termina la historia ésta en dos tragos.

Amén, dijo Noé y subieron y cerraron con llave, por la lluvia. Pero antes de cerrar, Noé que había aguantado las burlas sin chistar, se dio vuelta y les cantó a los del barrio: “entre las risas y las burlas yo arrastré mi amor, llamándote” (que se sabía todo el repertorio de Discépolo). Después, con gancho de “tomá”, desapareció. Y empezó a llover, y llovía en todo el mundo (nadie dice como sabían del mundo y como recibían el reporte de la lluvia de los lugares cuya existencia ignoraban), y las aguas invadieron toda la tierra, aún la desconocida. Mientras el agua subía y el arca vacilaba, Noé miraba por la mirilla (¿por dónde sino?) y cantaba: “porque no se ríen ahora, cataplín cataplín, cataplero”. El catafalco hacía agua y andaba a la deriva porque se habían olvidado algunas terminaciones, como calafatearlo, instalarle la sala de mando y el timón y todo eso. ¡Qué iban a pensar en esas minucias si guiaba el Jefe por control remoto!

El agua liquidaba (¿se entendió?) todo a su paso. Terricidio, gritó uno que había subido al Himalaya, lo que le valió una ola barredora. - Andá a denunciar a tu abuela, alcahuete.

Cuando paró, para que se cumpliera el futuro dicho: siempre que llovió, paró, Noé que no quería bajar para no embarrarse los mocasines de salir, mandaba pajaritos mensajeros, para comprobar si volvían. Hasta que uno trajo una oportuna rama de olivo. -Mirá que justo dijo Noé, se nos estaban terminando las aceitunas para el vermú. Vamos, ya debe estar todo seco.

Para hacer más bucólica la imagen apareció un arco iris, aunque ya no llovía.

Y se escuchó la voz del Jefe que les ordenaba: Creced y multiplicaos! Algunos empezaron con la tabla del tres, otros, que entendieron mejor el instructivo, se preocuparon: -¿Cómo multiplicaos si somos todos parientes?, esto más adelante se va a llamar incesto y vamos a tener problemas, y cuando vayamos a anotarlos y todos tengan el mismo apellido, se va a complicar el trámite. Tamara  Noé, Ayelén Noé, Nahuel Noé, Lautaro Noé y así en ristra.  El empleado del Registro no va a entender nada.

Pero los muchachos que habían estado más de cuarenta días en familia, sin salir del arca, y vislumbrando la soledad que se aproximaba, empezaron a pensar que esto del incesto era una futura cuestión cultural, y que el futuro todavía no había llegado y que, en todo caso, podrían invocar la obediencia debida. Amén.

 

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