Cuentos Es pecado Reír: Prólogo

Entre los miedos infantiles predominantes están los relacionados con personajes desconocidos y amenazantes que son trasmitidos como aterradores. Durante esa extraña modelación que sufren los niños desde el babau, que después tienen que convertir en perro,  y el generalizador y confuso: “no, eso es caca”, hasta el “dios te va a castigar”, inefable letanía hogareña, atraviesan una jungla de ritos perversos. Estos yerros parentales producen un crecimiento vacilante que suele provocar el desplazamiento de la risa natural a gestos más agrios. El cuadro se complica cuando además son obligados a rezar por aquello que temen. Todo puede cambiar si los infantes son ayudados y logran descubrir que sólo la caca es caca, y el perro es perro, y que los dioses castigadores son fantasías para educar en el temor, precisamente. Si este conocimiento logra alcanzar al niño, se produce el movimiento inverso: La risa vuelve a su importante función liberadora. Sobre todo cuando el niño logra asimilar definitivamente que esas personas que le hablaban en una lengua inentendible, con voces aniñadas y bobas, y que le cambiaban los nombres de los seres y las cosas, son sus parientes para siempre. Después de esas dolorosas revelaciones, imprescindibles a su desarrollo, puede asomarse a su identidad que seguramente usará para parecerse e imitar a otros.

Como el derecho a persistir en la ignorancia es inalienable, ante la elección de esta posibilidad altamente valorada por una estremecedora mayoría, todavía queda una opción facilitadora: la resignación.  En ese caso puede utilizarse cualquier religión, a voluntad.

Oremus, in fine.

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