CUENTO: Al Diablo (Especial para golazo de Carlos Gallego escritor argentino)

La comparación y la rivalidad siempre son la esencia del negocio. La rivalidad es el viejo juego de los opuestos. ¿Quién apreciaría el sol y su suplente terrestre, la electricidad, si no hubiera oscuridad? A partir de esta mirada se puede seguir con una interminable cadena de oposiciones, imprescindibles en todos los tiempos. Los únicos que peleaban solos, entre ellos y para entretenerse, eran los celtas. Sería complicado imaginar los judíos sin los gentiles, o viceversa. Sin capuletos y montescos Verona no sería famosa y menos aún Shakespeare, que quería demostrar que todo pasa hasta en las mejores familias. Cuántas fábulas y leyendas se habrían caído si a los corderos no le hubieran aparecido lobos. River y Boca, serían clubes barriales de bochas, sin la ineludible competencia para determinar el mayor tamaño. La coca (compañera inseparable del pancho y la hamburguesa foráneos y el local chori) habría caído si no fuera por la presencia de la pepsi.  Los Reyes Católicos no se hubieran hecho famosos por sus atrocidades sin los conversos y los moros, a quienes sacaron a patadas quedándose con toda su belleza y su inteligencia, ejemplo: La Alhambra.

La rueda se mueve por oposición y la competencia es la energía imprescindible del mundo. No sigo por lo dicho: la enumeración es interminable y, como siempre, vana.

No me acuerdo porqué arranqué con este tema. Ah sí. Quería llegar al cielo (lamentablemente mi prontuario es un lastre) y al infierno (parece una ocurrencia más simpática), dos creaciones fenomenales de la imaginación, instrumentadas para sostener al poder político, y a sus representantes, claro.

Del cielo poco para decir porque la belleza no se expresa en palabras y porque los adjetivos se desvalorizan sin sustantivos. Así es la gramática de rígida. Ahora que los hombres viajan al espacio y se internan, ya no es necesario andar matando Galileos ni quemando Giordanos, para que no aviven a la gilada diciéndoles que la Tierra gira alrededor del sol. Los Hubbles nos muestran que siempre se puede quebrar el horizonte de conocimientos y que siempre hay más de lo que creíamos, y menos de lo que dudábamos. Frente a esas maravillas, escéptico, espero confirmación con algún portón celestial, con algún trono, con alguien sentado a diestra y siniestra, con música deliciosa, con algún ángel rellenito posando para los escultores fontaneros, con el tribunal preparado para el juicio final (así sea). Pero no, nada. Sólo el esplendor de la naturaleza creadora del cielo y de la tierra y los demás barrios. Los representantes de todas las divinidades, a voluntad. Hay para elegir, así que esto es muy subjetivo y de ninguna manera excluyente. Con una ventaja: a elección no es otro precio. Eso sí, este tema cada uno lo arregla por su cuenta y con el delegado de su jurisdicción, pero a no asustarse, hay planes de pago, de ahorro previo, sorteo, licitación, pago anticipado, créditos. Todo lo que sea necesario pero el negocio no se pierda por detalles, seguro. La empresa está al servicio del consumidor mientras el consumidor sea fiel, del rebaño, devoto. Atención, los herejes, a la feria de enfrente.

Al opositor infierno lo han pintado de rojo (créese que para molestar a los hinchas de Racing), identificándolo con el fuego “purificador” (Casualmente este elemento es el mismo que los representantes del cielo utilizaron ejemplarmente, en vivo, para eliminar individuos molestos a su estilo). Para dotarlo de maldad al fuego que, como los otros tres elementos es inocente por sí mismo, le pusieron más calorías de las permitidas por las normas IRAM, le metieron azufre para producir un olor pestilente, le dieron carácter perenne a su combustión sin explicar de dónde sale el combustible eterno, le atribuyeron una maldad de la que es incapaz y lo imputaron causante de largas agonías imposibles desde la física y química y, para redondear, lo tentaron a Dante y le encargaron la comedia, divina.

En este tema para el dogma no hay elección que valga: el mal es uno solo y el único culpable es el popular Diablo. El nombre depende de la confianza que tenga cada uno con él y varía según la intimidad.

Un tipo imprescindible por donde se lo mire. Otro producto vendido durante toda la historia y que nadie, por más que alguno se mande la parte, ha visto. Así que eso de le viste la cara al diablo, no va. Los mejores comerciantes del mundo y de la historia (no hay necesidad de mencionarlos) siempre supieron que sin oposición no hay negocio. Diría, sin temor, pero temo equivocarme. Mucho cielo, cielito, cielo, pero si no ponemos algo que meta miedo e incertidumbre sobre el futuro, va a ser un negocio de pichuleo pero nunca una multinacional, se decían los CEOs del momento, mientras caminaban por tierra santa; no podemos vender el bien y la salvación si no mostramos que hay mal y perdición. Por más que les cantemos parábolas y epístolas y todas esas esdrújulas, si no mostramos que el mal camino lleva a la perdición, y que de allí no se vuelve, nos tenemos que guardar los destellos celestiales en el bolsillo de la túnica. Nadie va al médico ni compra remedios si no hay enfermedades. ¿Quién andaría por ahí pidiendo que lo libremos de todo mal, si no hubiera mal? Pensemos, muchachos, pensemos. Y pensaron bien. Los genes se equivocan pero no tanto. Y así llegó el viejo y querido Diablo, fundador de todas las tentaciones malas. Emblemático ícono de las perversiones que ya estaban en vigencia, claro, pero ahora con Gerente General. Ni escoba trajo, directamente la horquilla para pinchar y levantar, nada de empujoncitos cariñosos, nada de toquecitos para mantener la vigilia, no. Ensartar es palabra un poco guaranga pero la más  adecuada. Ensartar y al fuego. Nada de defensa ni de juicio, nada. Señalamiento, horquilla y horno. Con esta perspectiva la angustia y el temor al futuro eran fruto maduro. Así, con rima.

Una vez asegurado el apropiado relato de Dante, también llegaron las contradicciones y los usos indebidos. Es que el humano es modificador y no se aguanta y, sobre todo, es adaptador. Ah sí, a todo le buscamos la vuelta (voy a incluirme por las dudas), y la primera conclusión es que todo tiene vueltas.

Los hebreos lo significaban como adversario y lo llamaban Satán, incitador del mal. Los traductores traidores griegos impusieron diábolos, que significaba acusador, mentiroso, calumniador (Sí, ya existía la calumnia que era más antigua que los griegos). Otra versión surge de la raíz indoeuropea con un significado de celestial o resplandeciente, o sea que iba cambiando según la moda. Por último llegamos al colmo: la raíz dewos, de los nórdicos, de la que sigue divel, sigue rodando y termina en el español dios. Entonces: adversario, por necesidad de un malo; calumniador y mentiroso; celestial y resplandeciente casi pariente del cielo y con la misma raíz que el dios español que es el más dios de los dioses. Todos productos de la misma empresa, por más que nos quieran confundir.

Y tal confusión de origen se traslada. Hagamos un repaso: Vive en el infierno, donde hace un calor de los mil demonios, pero usa poncho y anda perdiéndolo  (Pensándolo bien: ¿puede ser peligroso un tipo que anda perdiendo el poncho?). Si un chico es travieso es un adorable diablillo, pero si una mujer conserva su belleza largo tiempo hizo un pacto con el diablo porque, dicen las otras mujeres, no puede ser. Ahora este pacto ha derivado en un lamentable material llamado botox (habría que averiguar si tiene algún parentesco de raíz) que iguala todas las caras y todas se parecen a la iconografía diabólica. A las armas las carga en persona. Cuéntase que estuvo largo tiempo practicando con una antigua Luger que armaba y desarmaba con los ojos cerrados. ¿Qué armas?  En aquella época sólo podía cargar la honda.  Fue así como le sopló a David adónde tenía que apuntarle al grandote Goliat. Nos enteramos que tiene cola porque cuando algo sale atravesado se dice que el diablo metió la cola, y así nos salvamos de toda responsabilidad. Lo hizo él, malo, incitador y mentiroso, y sólo nos salvará la oración. Lo de rojo y fulero de estética, vaya y pase, para atemorizar un poco, pero con cuernos ya es mucho. Colorau, malo, mentiroso, en componendas con las señoritas, armado, enredador y para colmo cornudo, es un exceso de marketing. Se les fue la mano a los publicistas, se cebaron estos muchachos. Un par de éxitos  inexplicables y ya creen que son Fellini y Visconti juntos. Que el diablo los lleve.

Pero atención que nos quieren mantener confundidos: Así un “endemoniado” puede ser un insistente, un veloz, un poseído, un desposeído, un pobre diablo. Hay frases hermosas que rescatan imágenes que siguen imponiendo la idea abstracta pero con fuerza de realidad: cuando para calificar a alguien se dice que es “el diablo en persona”, no sólo se está mintiendo que se lo ha visto, sino que se sigue invocando la encarnación del mal. La geografía lo rescata largamente: Punta del diablo, Garganta del diablo y la famosa “loma del diablo” que ha sido una antigua y elegante manera de mandar bien lejos a alguien o señalar una gran distancia.

Como vemos la prédica, la misión, la educación, la evangelización, la repetición, la insistencia inalterable y la antigua creencia de que “siempre algo queda”, han producido esta inserción en la lengua hablada y escrita del supuesto mal y su personaje, sin ninguna ingenuidad. Pero al final, y por la confianza que uno va tomando, el temor se ha convertido en una simpatía cómplice. Portarse mal algunas veces no es tan insano y no será la causa de la pérdida de ningún lugar en ningún cielo.

El pobre diablo ha pasado a ser un sustituto elegante del irreverente carajo y ya no asusta mucho más que el cuco. La verdadera competencia está en la naturaleza humana y en su revulsivo andar se prenden los descendientes de Hermes. No, el de los pañuelos caros, no, el dios del comercio.

Los humanos no necesitamos diablos, los ejercemos. Nunca contra ningún dios, siempre a favor de nuestro egoísmo. Todos los dioses y los demonios están en nosotros, por eso no tenemos ni necesitamos salvación.

Aclaro, para zanjar cualquier discusión, que mis diablos no son de marca, pero son los mejores. ¿O no?