CUENTO: Constantino nac & pop. (Por Carlos Gallego escritor argentino)

Constantino nac & pop.

 

Los muchachos se habían puesto de acuerdo para darse la biaba.

-Nos juntamos en el Puente de Milvio y ahí vemos quien es más guapo.

-Dale, dijo Majencio, ¿por qué jugamos? Mirá que el sanguche y la coca todavía no están inventados.

-¿Y qué podemos jugar…? ¿Querés que le demos por el Imperio Romano?

-¿El Imperio? Pero si es un despelote. ¿Quién quiere ese lío? Están todos discutiendo cual dios es más lindo, más bueno, y más milagroso. Todos quieren quedarse con el kiosco de la eternidad.

-Pero mirá  que hay que ser paparulo, eh! Pelearse por el kiosco ese que no va a andar.

-Y, sí, pero viste como son. Algunos están pasados de rosca.

-Como para no, hay muchos con aspiraciones que le dan al talco sin tregua.

-Vos dejá que ellos se entretengan con los dioses y nosotros hagamos la nuestra.

-Sí, la nuestra, anotate con el plural que no te va a quedar ni el color.

-Anda, agrandado, ¿a quien te comiste? ¿Nos vemos temprano, o luego del breakfast?

-No, primero desayunemos tranquilos.

-Dale, ah, y no empecés con eso de las visiones y los augurios. Vos con la cantinela esa volvés locos a tus soldados que se creen esas fábulas y quieren ganar como sea.

-Fair play, che. ¿Qué te pasa?  Alguna cábala siempre hay que tener…!

 

La noche transcurrió tranquila. Al amanecer todo estaba organizado. Después del cafeconlechepanymantenca, cargaron las mochilitas y arrancaron. Constantino miró al cielo y tuvo una visión (y sí, si estaba mirando…) de una cruz contra el sol, o sea una moneda: cara y cruz. La segunda etapa de la visión fue un sueño (El quía estaba despierto pero era un soñador empedernido). Justo se le apareció JC, soñado en persona, y le dijo señalando la cruz insistentemente: “in hoc signos vinces”  (se lo podía haber dicho en criollo, también!) traducción latina del griego que significa: con este signo vencerás. O sea que el Constan sabía latín y griego o alguien se lo tradujo. Nada se dijo pero, loco de contento, se sacó la túnica por arriba y empezó a revolearla cantando: “si gano, si gano, me hago buen cristiano”, alternaba sus cantos con órdenes para que cambiaran la pintura de los estandartes. Somos de la barra del sol, pero pintemos cruces para ganar, después vemos.

Majencio se la vio venir y con un gesto gardeliano, boca de costado, le dijo a su segundo: -Sonamos, al guaso este le dieron la precisa y nos hizo la cruz. Amaguemos pelea pero rajemos. Fair play, me dijo el ladino, perdón, latino. Fair play las piletas. No se puede creer ni en los enemigos!

Al ganador se le hizo el campo orégano, pero enseguida se le frunció el poro y con el julepe pintado en el gesto empezó a pensar lo que no había pensado: Todo el Imperio era suyo, qué lo parió, ahora van a venir los muchachos en estudiantina con la historia esa del imperialismo y los cipayos, y latins go home y patria o muerte, y el revisionismo histriónico y, para colmo, los funcionarios del JC se van a amontonar como dedo ‘e perro para reclamar su parte del triunfo, mientras los que discuten para ver quien tiene el dios más largo seguirán peleando en su quintita. Y vendrán los ruidos, el petróleo, las enfermedades, la inflación, todo.

Sacó un espejaime que llevaba en la mochilita y mirándose fijo se preguntó: ¿Y ahora qué hago?

El espejo debe haber respondido porque rápido pensó canturreando: Primero, primero, arreglar el gallinero.

Le mandó un mensaje al papa Silvestre, que andaba medio caído, con un CAC (correo a caballo, antecedente mediato del WhatsApp), y le dijo: ahí te mando unos mangos para los primeros gastos, aprovechá que está barato el metro cubierto y construí la basílica de San Juan de Letrán. Y así, casualmente, largó con la política religiosa, o religión de la política. Terrible momento de la historia política porque de ahí en más nadie zafó de la presencia de algún cura en la foto. En cada foro, en cada reunión, en cada asamblea, en cada decisión, en cada codificación, en cada parlamento, en cada gobierno, en cada cada, hubo presente un prelado con cara de no saber pero sabiendo claramente su misión. Política evangelizadora o evangelización de la política.

Al Constan le gustó la veta y cantó en la colina del vate, a su arquitecto de confianza: aquí mandate un San Pedro, que no puede fallar, negocio redondo. Y preser vate, por si la santa cede. A este emprendimiento sí que le tengo fe.

Pero, sus hábiles cancilleres le advirtieron que en un Imperio hay que gobernar para todos y todas, y entre rezongos largó el “y bué” fundacional para que se construyera la Iglesia del Santo Sepulcro. Una especie de centro religioso, con varios credos distintos pero iguales, fortificados en Jerusalem.

En 313, a poco de iniciado el año, llamó a reunión en Milán. Fundamentalmente para empezar a perder el miedo a la yeta del número y otras supersticiones. Primero sentó los principios: -Muchachos, religión y superstición, no van juntas, hay que elegir. No se puede tener fe un poquito y ser desconfiado otro. Y ojo con los que andan por ahí rezando con ruda macho en el bolso, advirtió. O se está con nosotros o contra nosotros.  Tuvo que hacer un enorme esfuerzo para elaborar el discurso porque él mismo no sabía bien  cuál era su identidad política o religiosa, que son tan parecidas, y por tanto no sabía a quién perseguir.

Mirando a los presentes lanzó el célebre: -Señores, de aquí en más, libertad de cultos.

-¿Escucharon bien allá, los de la grada especial? De cultos, dije.

Así se invirtió la narración y el cristianismo empezó a perseguir a las otras religiones.

Otro fogonazo a la humanidad.

Empezaron a derramarse las prebendas, los privilegios y las influencias en los gobiernos. El gremio de la construcción de iglesias consiguió pleno empleo, y la mano de obra desocupada de barras y punteros parroquiales intensificó las agresiones. Algunos obispos se hicieron más malos, otros no entendieron bien lo de la libertad de cultos.

Constantino, que seguía soñando tupido, nunca largó el título de pontífice que había tomado de su humilde etimología (cuidador del puente sobre el Tíber) y convertido en supremo religioso para sumar al cargo político. Por fin el Constan, que era admirador del Puma Rodríguez, dejó de andar cantando: “dueño de ti, dueño de qué, dueño de nada”, y deteniendo la pirinola en el lugar que más le gustaba cantó: Tomo todo. El seguía creyendo en el sol porque lo veía ahí todos los días, excepto nublados, pero también dejaba creer que su éxito se debía al dios de los cristianos, así se acomodó para tomar sol, orando. Sacó del bolso un librito con letras de tango y cantó sus dudas con Discépolo: “¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste/Dónde estaba el sol, que no te vio?” y remató esa Canción desesperada: “¿Quién les hace creer otros destinos?”. Estaba todo escrito.

Tanto le preocupaba el manejo político de un territorio tan vasto y desigual y de sus habitantes tan bastos e iguales que buscaba la manera de sostener las riendas. Gran observador venía pispeando que la religión producía temor y sumisión. Ni lerdo ni perezoso  aprovechó la volada y manoteó ese instrumento inigualable para sojuzgar. Acá, dijo señalando indefinidamente, la religión oficial es la católica (así la hizo realmente universal). De pasó oficializó el relato de la divinidad, y la virgen y el carpintero José. Con éste hubo algún lógico contratiempo, a saber:

-José (funcionario con gestos de trasmitir resignación) vas a tener que poner la cara.

-¿Cómo poner la cara?

-Y sí, vas a tener que hacerte cargo.

-Cargo de qué, si yo no hice nada.

-Por eso, pero la leyenda necesita un masculino.

-¿Y por qué no lo decís al espíritu?

-Porque es santo y nadie puede verlo,  dale Jo, sé bueno, vos estás más a mano y visible.

-Y (preparándose para ceder con alguna ventaja) sí, pero yo que gano.

-La gloria Jo, la gloria. El padre de la leyenda, el primer prestanombre de la historia, el primer perejil, iglesias, escuelas, pueblos, calles, todo con tu nombre. La inmortalidad, Jo, la inmortalidad.

-¿Sí (con ojos llorosos casi convencido) te parece?

 Ya había perdido ese game pero había ganado un lugar privilegiado en el pesebre, momento culmine de las fábulas.

Y el Constan le siguió metiendo condimentos a la ensalada mágica.

La naturaleza de Cristo, o la naturaleza, no Cristo. Constantino no sabía un jocara de teología, pero era un intuitivo increíble. Daba poder a los religiosos a cambio de la domesticación del Imperio. Ningún gilastrún. O sí, porque como todos los enfermos de poder ignoró los límites y el tiempo.

En el Concilio de Nicea (otro momento ardoroso para la humanidad), Constantino mezcló y dio de nuevo. Algunos paganismos por aquí, algún dogmita por allá. Se empilchó de luxe (sedas y oro como investidura del poder) y esperó. Los obispos acudieron gustosamente a ese all inclusive convocado por el capo. Reposaron, comieron, libaron a discreción, sin discreción, ah y siguieron ejercitando eso de la libertad de cultos. Finalmente, como la mayoría hablaba griego (En Roma no se hablaba griego, así que estos eran importados) redactaron el estatuto de la sociedad (credo niceno) en ese idioma, cantando por lo bajo: “el que no entiende es un inglés”. Lo que se entendió, eso sí, mucho más tarde, fue que allí se selló la “indisalubre” sociedad iglesia-estado. Con los pibes cantando al compás del bombo revolucionario: Civiles al gobierno, el clero al poder! A partir de ese momento (otra vez el Puma Rodríguez) “agárrense de las manos, agárrense de las manos” y de alguna otra zona del cuerpo también, las demás religiones, los incrédulos, los ateos. Se veían venir la Inquisición y las Cruzadas. Se veían venir las misiones, las micciones y la evangelistación (consistía en hacer listas de candidatos y al que no quería, lo borraban… de la lista, malpensado!).

Constantino manoteó las esculturas a los griegos. Para decorar el “rancho”, dijo.

El dios sol y el dios Dios seguían valiendo lo mismo para él. Se puso insoportable el muchacho. Ya no cantó más “yo soy parte de mi pueblo y le debo lo que soy”, como Castillo.  Se creyó poderoso porque lo era. Y ejerció. Con toda la soberbia. Con fuego y sangre.

Como el tigre Millán, “repartiendo hachazos era una tormenta”. Siguiendo con la vertiente tanguera, Constantino, como El Ciruja, “era bravo para el tajo” y se empecinó en pasar a degüello los parientes. Nunca le tiró eso de la familia grande.  Primero le tocó a su cuñado Licinio, a quien le había dicho “vení, que no te voy a hacer nada”, pero “lo limpió de un solo tajo con el filo ‘e su facón”. Después le llegó el rumor de que su hijo mayor Crispo (hijo de Minervina), andaba medio entreverado con Fausta, su segunda mujer, por lo que sin preguntar si era cierto, le dio salida. Para completar y que no quedaran dudas, también le hizo sentir la daga a Fausta que, de esa manera, pasó a ser infausta. Eso sí, el ñato era impiadoso pero no tanto, a sí mismo se quería. Con la matanza de su hijo se había quedado medio tristón, pero como una mano lava la otra, los prelados a los que había dado casa, comida, lujo y poder, le hicieron una pijamada y en medio de la reunión, mientras jugaban a recitar epístolas, le dijeron que no se preocupara por esa pavada, que si se bautizaba zafaba de todos los pecados habidos y por haber, incluso la tilingada esa de andar matando hijos. Así le hicieron el sana sana culito de rana y le volvió la alegría. Lo que es la fe, mire!

Aquellos prelados salvadores hicieron como en el truco: mate y venga.

Para ser justos también hay que acordarse de lo bueno que hizo.

Fue famoso por sus DNU (Decretos de necesidad y urgencia). Algunos de sus más famosos fueron:

-Pena de muerte para el que abusara de los impuestos. Anotando ahí los de Impositiva.

-A los padres que permitían que sus hijas tuvieran novios o filitos que las sedujeran, les quemaban la garganta con plomo derretido. Un mal trago por donde se lo mire.

-Cambió la pena de crucifixión por la horca. Los interesados no notaron la diferencia de resultado.

-Impuso el domingo como día de fiaca. Y no dijo nada del fútbol.

-Inventó los “siervos de la gleba”. El tipo era un visionario. Se adelantó a la Edad Media. Y sí,  podría decirse que la fundó porque sin siervos, no hubiera habido ni gleba, ni edad, ni historieta.

 

Este muchacho de vida intensa instaló una monarquía absoluta, con la inestimable colaboración de los católicos en trueque por los “favores recibidos creo habértelos pagado”. Además hereditaria y, por si esto fuera poco dispuso que su poder tenía origen divino. Una ternura  en todo. Como era de esperar lo sucedieron familiares y parientes, que ya sabemos cómo son estos temas. Nepotismo queda chico. “La historia vuelve a repetirse”.

A Bizancio la manotearon todos. Los griegos de Megara, de Esparta y de Atenas, los persas, los macedonios. Raro que Drake, Morgan, o algún otro simpático pirata inglés no se haya dado una vueltita para ver qué pasaba. La destruyeron, la rehicieron, iglesia sobre iglesia, credo sobre credo, empujándose, a los codazos. La saquearon. La maltrataron. Pero no pudieron destruir ni robar su belleza.

A Estambul no le dejaron aquellos dioses, pero sí la joya de una daga en el palacio Topkapi y la luminosidad del Bósforo.

Constantino no será menos absurdo que este relato, pero su legado sique siendo impiadoso.

Un rato más tarde, en nuestros pagos, en Córdoba, un prelado continuador devenido capellán de liceo, eligió los mejores alumnos y formó los montoneros, para continuar el negocio aquel de las viejas discusiones feéricas y políticas.

A pesar de todo, gloria y loor, el arco de Constantino quedó ahí, cerca del Coliseo, para la foto de los turistas. Pasen y vean, pero sepan!

Palabras Clave