Cuento: Reyes y magos (Especial para Golazo Carlos Gallego escritor argentino)

Hasta el final no voy a decir quiénes son para sostener el misterio y la ilusión.  Si al fin, lo que quedó es una fábula para la niñez ávida de fábulas.

Nos han engañado sobre su existencia y su eternidad, con todos los condimentos de la leyenda: el pastito y el agua para los camellos; la cartita, para pedir; los zapatos, para recibir; y nos han engrupido sin grupos y sin razón porque si el motivo es un regalo, jugar a que creemos no es tan malo. ¿Cómo no va a ser lindo creer en los reyes, sobre todo si son magos? Pero después viene el desencanto. Aparece el pibe más grande que nos trata de chabones y nos aviva que “son los padres”, y ahí nos encontramos con todos los misterios resueltos en una cachetada. A la desilusión inicial le agregamos nuestro engaño porque, aunque ya sabemos, seguimos el juego con la fantasía oculta y develada. Nos hacemos cómplices de la mentira para seguir un rato más porque, en ese momento no lo sabemos, la infancia es muy breve y merece toda la ilusión.

Repasemos un poco la leyenda (nunca confundir con historia, aunque ésta también sea versión libre). Los Evangelios (¡cómo será!) hablan de “magos”, nada más, no se refieren a reyes. Nunca dicen que fueran tres, ni documentan con sus CV, ni describen sus características. Vagamente dejan la  sospecha de que eran miembros de la casta medo-persa (¡nunca al revés!), pero nada se dice de sus nombres ni quien los había nombrado, ni que hubiera una estrella asignada, ni que ellos la siguieran. En realidad estrellas había muchas, en Oriente también, así que se deben haber perdido bastante si esa era su brújula.

 

Primero examinemos este tema de la magia. Me quedo con una sonrisa de Ambrose Bierce, en su Diccionario del diablo (a propósito): “Magia es el arte de convertir la superstición en moneda contante y sonante”. Pero qué rareza, entonces: Eran paganos que practicaban una disciplina totalmente contraria a la religión y recorrieron medio mapamundi en camello para adorar al anunciado rey, que combatiría, con piedad, a todos los opositores. Y sí, tenían que hacer magia para creer el papel que interpretaban.

Falto de datos precisos, como en toda creencia, el relato se vuelve desconcertante. ¿Cómo sabían los señores reyes del milagro anunciado? ¿Cómo, siendo reyes, se tomaron el laburo de subirse a un camello (Nooo, nada de dos pisos y asiento reclinable, camello viviente, esos que llegaron a ser marquilla de cigarrillo), y partieron de Oriente, no, de Oriente Medio no, de Oriente, dicen.  Hasta aquí, nadie sabe de dónde salieron, ni quién fue el autor de la idea. También está el asunto del tiempo. Para salir de Oriente y en camello, hay que tener cálculo para llegar más o menos en fecha, eh! Si lo pensamos un poco este es el primer antecedente de las carreras de regularidad. Unos maestros, perdón, unos reyes! Además habrán tardado rato largo porque los camellos son así medio pachorrientos, algún trotecito cuando van llegando al oasis y huelen agua que justo se les estaba terminando la reserva, alguna aceleración cuando agarran viento a favor o bajan el médano, pero nunca el apuro, y menos el vértigo. Así que a paso de camello hay que estimar unos cuantos añitos. Y sí, claro que eran magos, y de los buenos.

Además: ¿Quién los mandó?

Otro misterio nunca aclarado es el punto de encuentro. Convengamos que no vivían juntos, si ni siquiera sabían cuántos eran ni como se llamaban. Si a los tres los alumbró la magia y se enteraron en el mismo momento y no tenían idea dónde estaban el uno y el otro, lógico sería que primero se hayan enterado, luego buscado y luego programado el viajecito. Y nada de mandale un watsapp al Balta, ni dejá que yo le hablo al Melcho. Los mensajes habrán sido pases mágicos, invocaciones, alucinaciones, espejismos y la pura ilusión siempre presente. Juguemos: Creamos que eran tres, que se llamaban así y que se comunicaron. Melchor, mensaje 1: Balta, tengo 1 viaje q es un garrón, tirale el dato al Gas. Mensaje 2: Balta: ok, dale. Mensaje 3: Gas. Me aguantan bolu? Mensaje 4: Melchor (responder a todos): Nos vemos en el MacDo, de El Cairo, el nuevo, dentro de dos años, para navidad, tipo 8. OK, agendalo bolu, no te borrés eh! Los whatsaperos a caballo iban y venían como locos, no paraban ni a merendar, nada. Llegaban y salían. Recibido, leído, entregado y respondido, una maravilla técnica. Imaginemos que fue así como premeditaron el encuentro y el viaje para llegar a tiempo. Mil días sobre un camélido. Para colmo éstos no son muy divertidos. Son así medio con cara de bondadosos ausentes, como si todo les diera lo mismo. Sólo caminaron, con mucho balanceo y pensando cada paso, pero anduvieron en la huella, siguiendo una estrella. No hay datos sobre los stops de los pasajeros, qué comían, donde se bañaban (imaginemos que lo hacían, porque en tantos días sobre un camello alguito de olor se te pega), ni del itinerario, ni de nada, para ser precisos. Pero justo después del anunciado nacimiento, del supuesto niño, de la supuesta virgen,  con el supuesto padre expectante, en el supuesto pesebre, que encontraron de apuro porque estaban todos los hoteles de Nazaret ocupados por el Open de Polo, y de clínicas  obstétricas ni hablar, aparecieron. Puntuales como lores de Oxford, sobre la fecha. En tantos años de viaje admirable puntualidad.

José salió a recibirlos y los invitó a pasar: -Me imagino que vendrán hechos pelota, muchachos, pasen, la cueva es chica pero el corazón es amplio, alardeó inaugurando refranero. Los magos se resistían, pero no porque rechazaban la invitación, sino porque no podían despegar el cutis de la manta que a su vez no se podía despegar del lomo de los camellos, que a su vez no podían ni agacharse para el descenso. Así que “anduvieron mañereando de errar y errar la partida hasta que en una salida les bajó el abanderao y el rosillo y el manchao fueron una luz prendida” (El desafío, milonga). Tanto amague hasta que pudieron bajarse. Las sedas estaban como pintadas en la piel de la parte de atrás de los magos, que también tienen parte de atrás, no creamos que en eso también hacen magia. Mientras se sacudían un poco el polvo de los campos (casi no había caminos y Vialidad Nacional estaba en formación) y José los convidaba con una bud refrescada al agua, empezaron los saludos y las admiraciones del caso: -Pero que angelito, igualito al padre (miradas alternadas de comparación), sí, la misma cara, idénticos, y las manos, un primor. Bueno pero lo importante es que sea sanito. Mientras José escuchaba las comparaciones haciéndose el bobo, como perro que volteó la olla, los visitantes empezaron a mostrar los regalos que traían.  -Aquí traemos las maravillas de Oriente para ustedes. Mirra, un aromático multiuso con propiedades aun desconocidas pero capaz de ahuyentar a los Herodes que andan por ahí, como el cuco, asustando a los chicos. Incienso, también aromático y multiuso, según variedad y necesidad. Ahora, pensemos un poco. Estos tipos eran unos maleducados. Llegaron y se presentaron, sin adecentarse siquiera, y pretendían sugerirles a los ocupantes del pesebre que el olor era insoportable, que entre los humanos que estaban quietitos y los animalitos que tenían lo suyo, todo en el mismo lugar, y desechando el dicho popular “donde se come no se cacarea”, había un prólogo de aromas indeseables, pero igual no hay derecho. Pesebre de última hora, con baño a compartir, ¿que pretendían? -Prueben, prueben, insistían los magos induciendo a una fogata salvadora con los aromáticos. Cuando superaron el trance por acostumbramiento de las pituitarias, ya más tranquilos, sacaron el oro, también aromático, también multiuso y con un olor especial percibido desde muy lejos por los paisanos de José y María.

Ni bien entregaron el oro (no se especificó formato, ni cantidad) empezaron esas sugerencias tendenciosas: -“Qué viajecito de vuelta que tienen eh!, van a tener que salir temprano”. “Sí, porque a esa hora hay menos camellos en la ruta, así cuando se complique tránsito ya van a haber avanzado bastante”, “podrían parar en Estambul, un rato, así aprovechan para conocer, eso sí, van a tener que hacer un rodeo porque el puente sobre el Bósforo todavía está inconcluso, vieron, con estos gobiernos corruptos nunca se sabe cuando terminan las obras públicas, y este Herodes muy preocupado por la competencia futura pero no hace nada por la gente, como los políticos que vendrán por todas partes”. Y todo eso.

Cuando uno de los magos soltó el esperado: “Mañana al alba tendremos que zarpar” (gracias Homero Manzi), la incomodidad dio paso a la amabilidad que estaba apretada por el apuro. No, por falta de lugar, no; apuro para que partan y dejen lo que trajeron. Sobre todo la mirra y el incienso, que eran lo más valioso.

No hay muchos datos sobre los días posteriores. Ni del regreso de los reyes, ni de la familia implementada, ni de los animalitos, habitantes naturales del pesebre, nada. Lo último fue la foto. Ahí  Balta que era el más divertido, quiso un recuerdo y aunque tardó en convencerlos a todos por aquella creencia (otra más) de que la foto se roba el soplo de vida, ahí formaron. Con gesto necesario a la eternidad prometida. Hasta las ovejitas tenían esa carita. Los camellos tampoco quisieron perderse el momento y empujaron hasta que entraron en una segunda toma, pero no tuvieron cara para sonreír. Así son los camellos que vienen de tierras lejanas.

Tampoco está el dato de cuanto cobró el dueño del pesebre.

-Chau gente, saludaron ni bien montados. Todo muy lindo, pero no se ilusionen con que hagamos este viajecito todos los años, tenemos una agenda apretada. Así partieron, dejando los obsequios, entre lágrimas de despedida. De esa leyenda parece venir la historieta de los regalos y todo eso.  Lo que no se explicó muy bien fue eso de dejar los zapatos afuera y bien juntitos, por lo que esto tiene perfume a regionalismos que se fueron agregando. Ni significante ni significado. Más misterio.  Más trabajo para los psicoanalistas de la escuela lacaniana. Ah! también para las fábricas de juguetes, porque como dijo mi hija, enojada porque la mandaban a un cumple con una remerita de regalo, “a los chicos no se les regala ropa, se les regala juguetes”.

Pero, como la ciencia y la verdad siempre nos encuentran, todavía faltaba otro sopapo de realidad para explicar un “dibujo” sin vueltas. Resulta que todos esos camellos que figuran en los relatos de la biblia, y en el mío propio, no estaban fabricados todavía. Así lo certificaron en el año 2014, con carbono 14 y con seguridad técnica, Noam Mizrahí, académico israelí experto en la biblia (según él no siempre confiable como historia verificable) y los arqueólogos Erez Ben-Yosef y Lidar Sapir-Hen de la Universidad de Tel Aviv. Los rastros de camellos domesticados aparecen mucho después en la península Arábiga, en el valle de Aravá. Pero seamos buenos y ensayemos una sonrisa condescendiente, si al fin nadie le preguntó a Julio Verne si alguna vez había visto un submarino.

Volvamos por un momento a cualquier mañana de 6 de enero de la infancia y recorramos la vereda del barrio preguntando curiosa y comparativamente:

¿Y a vos, que te trajeron?