Torquemada inqui. (Un elegante de bastón y hoguera) POr Carlos Gallego escritor argentino

-Con ese nombre ya venía predestinado, no me dejaron opción. Fui una pobre víctima de la época y sus circunstancias, típico caso de obediencia debida creativa y ejecutiva. Sólo fui un CEO que siguió instrucciones de los Reyes Católicos, sobre todo de la reina que era muy estricta en eso de reventar, reinventar, ¿qué dije? judíos y si eran conversos, peor. Hice más de lo que pude pero tengo tranquilidad de conciencia. Me gustaba mi trabajo. Que no es para tanto, vamos!

Así comentaba el Torque mientras sorbía un café, sentado con amigos, a una mesa del buffet del palacio real, cuyo concesionario era un pariente suyo. Algo se notaba por la prepotencia imperante en el lugar. La elección era considerada herejía.

El pobre Torque ya había tenido que esconder sus ancestros para llegar a la reina, cambió abuelos judíos conversos, por abus creyentes. Con absolutismo ad hoc, porque el partido se jugaba siempre entre “creyentes” y no creyentes, y no valía declararse creyente pero de otro, y si no te gustaba chas chas en la cola y a la cama sin cheese cake.

El hombre fue haciendo méritos hasta conseguir un puestito como monje y erudito junto a la reina. Monje social (si los hay) y erudito de misceláneas. Por su marcada fidelidad a la señora fue nombrado confesor personal, más cool, personal confesor (leer con acento inglés). Siempre a mano por si la señora cometía algún desliz o pecadillo real. –Ay Torque, venga que insulté a la mucama, porque al pasar por un cuartel se enamoró de un coronel y anda tan distraída que se equivocó con las enaguas. -Oh Torque, ¿vio cómo me miró Cristóbal, tendré que aumentar la dieta de avemarías? Y así todo, con atención personalizada.

Además Torque recorría la campiña visitando súbditos. En uno de esos viajes, se fue a Sevilla (no, no voy a decir nada) y quiso el destino, para mala fortuna de muchos, que se encontrara con este muchacho Alonso de Ojeda, quien le empezó a llenar la cabeza con el asunto de que por allí estaba plagado de judíos y que algo había que hacer, que no podía ser, que andaban con sus costumbres para todas partes y que eso generaba impurezas y que por ahí, se producía alguna cruza por enamoramiento y la sangre real se volvería una porquería, y que toda la gente iba a terminar sintiéndose perseguida, y todo eso.

Torque le arrebató la idea y confiado en hacer méritos con su señora (no, su esposa no, que era anacoreta él, su señora la reina), se la comentó sabiendo que tiraba simientes en terreno más que fértil. La señora encantada con la buena nueva llamó a la mucama a la que había insultado, la perdonó, y le pidió que le alcanzara un atuendo seductor para ir a ver al Rey. Le hizo avisar que lo visitaría, por si estaba entretenido jugando a las damas, uno de los juegos preferidos de Fernandito junto con la oca y la play station. Y, todo dispuesto, llegó. Fernando la esperaba con la vista lánguidamente olvidada en una ventana mientras silbaba la melodía de “No sé tú” de Manzanero.

-Ay Fer (siempre quejosita), no sabés qué suerte. Vino el Torque y me contó que hay un barrio colmado de judíos y que hay que hacer algo rápido, viste como son, y después será tarde.

El reynaldo cuando oyó el nombre de Torque arqueó la ceja derecha y la miró fijamente con gesto de leer entre líneas lo que estaba sobre la línea.   

-¿Te parece? Espetó. Creo que no es para tanto, en la plaza cada uno vende lo suyo y chaupinela. Además hay que tener en cuenta las cuentas y para eso hay que hablar de parné y en ese rubro son más que necesarios…

Dejó los puntos suspensivos como admirativos y esperó el nuevo embate de la señora, en este caso sí, su señora.

-Pero Fer, mirá que somos los Reyes y podemos meter mano (con perdón!) sin que nadie proteste, y convendría para reforzar un poco la fidelidad a nuestro credo que está medio debilitada por la competencia, y porque no quiero que anden por ahí con la cantinela de que estos reyes no hacen un corno para los fieles y se la pasan en la Corte, dándose corte, cuando es necesario un corte.

-¿Te parece? Repitió el reynaldo, mientras le insistía la melodía en su mente “pero yo te he comenzado a extrañar”. Si a vos te parece, sea.

Ahí nomás empezaron con las formalidades. No podían andar desorganizados y, sobre todo, sin reglas claras por aquello de la seguridad jurídica tan necesaria en el comercio exterior.

Ahí nomás firmaron una Bula de necesidad y urgencia a la que llamaron: “Exigit sincerae devotionis affectus”. El reynaldo protestó porque no quería saber nada con el latín, pero Torque, que se había sumado a la reunión de gabinete, le dijo que era para que no se entendiera, y subrayo: - Esta bula, que dará que hablar, es inmejorable para apretar al dubitativo así, a ojo o señalamiento con el dedo, para que jure devoción sincera a nuestra causa y nuestro dios, claro, y sólo en caso de duda, palo y a la bolsa. En ese sencillo acto celebraron los estatutos de la sociedad nominada con irresponsabilidad ilimitada, llamada Inquisición, que después, para colmo, pasaría a ser santa, título que pospondría un rato largo la adjetivación de sanguinaria y cruel. El lema fue: sincera devoción a sangre y fuego. Para ser equitativos, dijeron, el fuego lo ponemos nosotros.

Y sobre el pucho arrancaron con los más tristes que famosos “autos de fe”. Para la inauguración, que formalmente se llamó “bautismo de fuego”, quemaron vivos y en vivo a media docena de personas solamente acusados de judíos conversos, más familiarmente llamados marranos, a quienes se imputó el delito de ser conversos de mentiritas y en su casa y bien ocultos seguir con sus costumbres antiguas. Para los tan españoles y tan católicos, delito de puta madre.

Las glosas de la fogata las recitó el mismísimo incitador Alonso de Ojeda, con lágrimas de alegría en sus ojos y santo recogimiento. Un sermón inolvidable ya olvidado.

Viendo que el fueguito purificador crecía y se convertía en otro instrumento de poder insoportable, el recordado papa Sixto, que le concedía todos los perdones a Isabel, y ésta en persona, en otra sencilla ceremonia, lo nombraron Inquisidor General al Torque y de ahí en más, agarrate Catalina.

La relación fue directamente proporcional: a más torturas y matanzas, más poder. A la voz de si te convertís que sea en serio, primero, y luego a la orden de convertirse, uno, y subordinación y valor para defender a la reina y al dios, comenzó un exterminio del cual no hay muchos registros porque no se llevaba la cuenta y porque el Instituto de Estadísticas y Censos estaba en veremos, todavía. Pero fue un exterminio sin adjetivos, porque esa palabra no los necesita. Fue con sustantivos, nombres propios y ajenos. Inteligencia, espionaje, persecución, eliminación. Fases de una secuencia abominable ejercida en nombre de su dios. Según el diccionario, eso fue un genocidio. Santo y para el bien de los eliminados, claro.

Muchos siglos después, el papa Francisco, un renovador, instruyó amorosamente: “Hay que predicar sin bastonazos inquisidores”. ¡Muy bien, aplausos, que bondad! No, no, no, momentito, leer bien. Está diciendo: mantenemos el producto, sigamos predicando, con insistencia, con imposición, pero con “modales”. Además minimizó la culpa al citar sólo “bastonazos” como si nada más hubiera habido en la Inquisición, santa. No hace más que seguir la línea de su antecesor que perdonó (¿pero no debería ser al revés?) a Galileo y le hizo una estatuita de morondanga en un jardín que nadie visita, pero no puso al pie, como reconocimiento que nunca pudieron hacer, la tierra gira alrededor del sol. Como decía Galileo, que porfió hasta que lo “convencieron” a trompadas: Eppur, si muove.

En fin han intentado una contaminación de la ciencia, la han bastardeado, la han ignorado y, cuando la realidad es insoportable, atinan a decir que cada hecho científico es también obra de su dios. Pero no está dicho, ni escrito, ni reconocido, ni aceptado, que la tierra gira alrededor del sol.

No pueden hacerlo sin fulminar su esencia. Amen, no.

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