CUENTO: Salvados! (Carlos Gallego escritor argentino)

La ortodoxia dogmática conjetural indica que, trazado el objetivo literario, hay que despejar el camino haciéndolo breve y cómodo. Otra ortodoxia, también dogmática y también conjetural opina que no hay que facilitarle la vida al lector y darle el alcaucil masticado. Voy a elegir el sendero indicado.

Cuando se rasca el esmalte místico siempre sucede lo mismo: la ausencia de datos ciertos obliga a anular el valor histórico del personaje. Sin certezas, se traza un camino funcional pero inválido.

Moisés como personaje, que de él voy a hablar, es extraño por donde se lo mire. En principio es de los pocos relatos que logra hacer equilibrio en las tres religiones monoteístas, lo que no es poco aunque el argumento central sea el mismo para las tres, con variantes regionales.

La leyenda, recogida de otras leyendas, habla del Faraón que no quería competencia (para más adelante, claro, unos veinte o treinta años a futuro) y entonces, con la disculpa de que venían fallados, hacía tirar a los recién nacidos al Nilo. Tan cruel como increíble. Pero la madre de Moisés se avivó y lo metió en una canasta impermeabilizada (madre hay una sola!) y lo puso despacito sobre el agua, en vez de tirarlo, y boga, boga, justo fue hasta donde estaba bañándose la hija del Faraón (que no se bañaba en leche de burra, como Cleopatra). Esta, al verlo, exclamó: Oh, una canasta con un niño, justo lo que estaba esperando para jugar mi papel protagónico. Lo sacó de la canasta (cuyo destino se desconoce) y se lo dio a su criada que ¿quién era? Su madre biológica (no, de ella no, del bebé) que, como era criada (debería figurar criadora) ahí nomás se puso a criarlo. Dicen que le dio la teta hasta que empezó a afeitarse (sin mencionar cómo saben este dato íntimo). El niñito andaba por ahí jugando incluso con el mismísimo Faraón hasta que un día le sacó la corona y se la puso él. ¡Profecía! Empezaron a gritar los alcahuetes y los pajes, que interpretaron de un vistazo nomás. Te quiere destronar! Es un enviado del mal! Para probarlo le hicieron unas adivinanzas y en una de las pruebas el infante se metió una brasita de carbón en la boca. Peor que la papa hirviente. La escupió pero ya se había quemado hasta los dientes. Dicen que así quedó tarta y fulero para el discurso.

Como siempre en estas narraciones se pasa de una travesura infantil a un hecho sorprendente de la adultez. Nunca se dice a que escuela fue, con que amigos se juntaba, que hacía en sus horas de ocio juvenil, nada. Corte y arranque en otro tiempo. Entonces, ya grande, un día andaba caminando sin rumbo y vio un capataz que golpeaba a un esclavo. Como le resultaba más rápido fajarlo que hablarle lo mató a palos. Literalmente. Homicidio en primer grado. “Batida, bronca, taquero, celular, biaba y gayola”, la milonga El conventillo se le hizo  profecía temprana y tuvo que rajar a otro barrio.

Pastoreaba, porque a las ovejas no tenía que hablarles tanto, por las laderas del monte Horeb, que muchos confunden con el Sinaí, en otro aporte a la confusión general. Ahí se tenía que dar el asunto ese de la zarza (mora que a todas horas, dale que dale, llora que llora) que no paraba de arder. Él ni se había dado cuenta acostumbrado como estaba a las zarzas ardientes, hasta que de allí salió una voz, que de esa manera se convirtió en un asunto espinoso, y llamándolo le dijo: -Vení que vos tenés que liberar a tu pueblo del cipayo imperialista. – ¿Yo?, preguntó Moisés, y explicó su rechazo: -No, con esta labia a quien voy a convencer, no doy el piné ni de lejos. –Sí, vos no te preocupés por detalles, dale que yo te ayudo. –Pero ¿te imaginás lo que voy a tardar hasta que les explique? –No, vos hacele la seña de “follow me” y listo. Y Moisés se arregló como pudo siendo bastante más explícito con la indudable seña de “síganme que no los voy a defraudar, vamos a la tierra prometida”.

El Faraón, que terminaba de firmar las nuevas paritarias, y raramente contra la opinión de su pueblo, porque nunca los faraones tienen una decisión contraria al pueblo,  no los quería dejar ir. No quería quedarse sin mano de obra para construir pirámides, ni para abrir la puerta para ir a jugar. Entonces Moisés se enojó y le mandó, con poderes mágicos adquiridos súbitamente, plagas a troche y moche (algunos dicen que tradujeron mal y que eran “señales” no plagas, lo cual dado el defecto oral de Moisés, parece más creíble). Los egipcios, que eran bastante asustadizos, no tuvieron interés en verificar la traducción y pidieron a viva voz en la plaza que los echaran (una vez más) a todos los hebreos. Así fue.

Con Moisés adelante empezaron a correr hacia el Mar Rojo. Otro enigma, más que del relato de la inteligencia: contrario a toda lógica, correr hacia el mar sin barcos a la espera. Cuando se avivó la dirección que tomaban, el Faraón, ora porque ya se había arrepentido de su intervalo bondadoso, ora porque los Faraones siempre se resisten a dejar ir a los esclavos, juntó el ejército que estaba de maniobras y salió a perseguirlos.

Eli-han (leer elijan), dijo Moisés, que al forzar su voz parecía que tenía en la boca una papa frita recién sacada del aceite hirviendo. Los hebreos hicieron cuentas rápido, mientras cuchicheaban, hasta que uno se animó y dijo: ¿No habrá un milagrito para esta pobre gente?  Y sí, señor, Yah ve, y separó las aguas, y así cruzaron. Y cuando quisieron hacer lo propio los soldados, volvió a cerrar las esclusas. ¿Tiempo estimado para el cruce? Nada, un periquete. Así son los tiempos para cruzar un mar en las leyendas. Cruzaron y listo. Esto de las distancias y su recorrido a pie, es uno de los misterios más insondables de todo relato de toda religión. Un peatón común camina una cuantas vueltas entre las góndolas del supermarket y ya quiere tirar el carrindango a la loma de carrindangos, y estos protagonistas de las leyendas podían caminar o correr, según la urgencia, durante días, meses y años, sin hacer estación. Así es la trama.

Del otro lado del mar vinieron tiempos de penurias y muertes en el desierto. Moisés, Moisés, gran conductor, no pudo demostrar ese atributo. Muchos se perdieron, muchos murieron. Otro exterminio por falta de destreza! ¿Y el boss? Pero qué vocación para el sufrimiento!  No obstante la nueva generación que había nacido en esos tiempos, como la manzanilla silvestre, renovó el pueblo con su acostumbrada perseverancia. Esta parte de la renovación tampoco aparece muy explicada. ¿Nacimiento espontáneo again? Espíritu santo….!

 

Ahora el detalle principal. Dice la Biblia que Moisés era profeta, pero salvo cuando los pajes del Faraón cantaron ¡profecía!, mientras jugaba con la corona (capaz que el pobre pibe quiso decir que tenía coronita por haberse salvado de los cocodrilos del Nilo, o que la corona se la calzaba cualquiera, o nada,  pero así son los intérpretes de profecías), no hay otra prueba que lo haga merecedor a ese título tan preciado por entonces.

Pero Cecil B. De Mille ya lo tenía entre ceja y ceja. Así que preparó todo, lo llamó a Charlton Heston, medio durito para las expresiones pero justo para ese papel, y le dijo sin respirar: -Ponete las sandalias de treking, arremángate la túnica, y hacete un trote hasta arriba. Charlton que desde ese momento se adueño del papel para siempre, “con esa voz gangosa de metal”, y mirándolo incrédulamente con sus ojos de hielo, le dijo: -¿Trote hasta arriba? Este es el Sinaí (el Horeb, para el caso es lo mismo), ¿lo viste bien? –Pero dale, si tenés como cuarenta días, no empecemos con las quejas, son todos iguales, che. Y Charlton, componiendo su único gesto, empezó a subir, mientras, en el llano, se dedicaban a la fiesta de los becerros y todo eso. No se aclaró nunca el menú de la fiesta, ni qué comían ni que libaban para embriagarse. Ni donde estaban “les toilettes”.

El guión dice que esperó hasta volverse paciente. Ya amagaba con pucheros, metafóricamente, claro porque comida en serio no había y, cansado de estar solo así como se siente uno estando mucho tiempo en el Sinaí, se le apareció La Voz (no, Sinatra no) cuyo dueño le dio un par de tablas de piedra escritas con el dedo. Stop. No me van a confundir otra vez. Tabla, en cualquier diccionario de cualquier época es “trozo de madera plano”. De piedra y así parejitas como en los dibujos, es obra estilo Buonarotti. Para colmo escrita con el dedo. Está bien, el del tablao tenía sus destrezas, pero escribir con el dedo sobre piedra! Pongamos que es otro misterio de la fe y listo.

Charlton que ya venía medio flaco, después de cuarenta días estaba a la miseria, así que casi se dobló en dos cuando recibió la pétrea carpeta de instrucciones. -¿Cuántas son, que dicen? preguntó –Anda y hacé que las cumplan. Todo eso que lo discutan después, total nunca van a estar de acuerdo, te lo digo yo.  Y sin más explicaciones, partió.

Bajar es más fácil pensó Charlton. Así que otra vez se arremangó. Ahí su nariz aguileña le recordó que hacía rato que no se daba una vueltita por el río Nilo, para un bañito. Cuando arrancó se dio cuenta de su error. Flaco, fané y descangallado y con dos enormes piedras encima, venía como canto rodado. Para colmo, cuando llegó, sin aire y sin voz, con las piedras y la instrucciones, se encontró con su gente que todavía estaba de jolgorio y adorando becerros.  La bronca que se agarró! Rompió las tablas y las tiró a la zarza (que ahora se habían trasladado al llano), enojado como un chivo enojado. Cuando se calmó pidió perdón, miró para arriba (qué costumbre!) y La Voz volvió a hablarle, esta vez en perfecto español, para decirle: -Diles que te hagan caso. –Sí, caso, caso, repitió Charlton,  pero su dificultad profería una palabra italiana muy distinta en significado pero parecida en fonética. Y ahí nomás, con gestos ampulosos y clarísimos llamó nuevamente a asamblea. Mientras, “para calmar los enojos, de aquellos claros ojos…”, hizo un cutting sangriento pasando a degüello a tres mil idólatras (Exodo 32.28) y, no contento todavía reprochó a los hebreos haber perdonado la vida a las mujeres en la matanza de las Medianitas, y las hizo pasar al otro barrio junto con sus hijos varones. Esos eran enojos y no las rabietas de discurso con voz de Sara Bernard de alguna presidenta.

Sigo desbrozando (qué sinónimo!).

Los hebreos, que venían de salvarse de todos los que los seguían, querían seguir la jarana y tener varios dioses y manotear lo que pudieran y cantar serenatas alusivas.

Después de tanto laburar para los egipcios a cambio de latigazos y hambruna, habían recuperado su egoísmo y su estado de naturaleza, habían vuelto a lo que deseaban y querían conservarlo. Agrupados pero profundamente individualistas. Aunque el tema de la seguridad estaba terrible, y no era un mundo de sensaciones como suelen cantar los ministros inseguros. No. Para no ir más lejos a la mujer de Charlton le habían llevado del cordel una túnica nuevita y un bóxer del hombre, que encalzoncillaba a la moda, porque ya había muchachos esmerados que se ocupaban del tema. A la señora de la carpa vecina le habían distraído una ristra de dátiles, y a otra vecina, el cajón con los sifones que había dejado en la vereda para el sodero que pasaba los jueves. Ni qué decir del chicken recién ejecutado que le habían birlado al señor de la otra cuadra, que lo había dejado colgadito en el patio para que se oreara. Un desastre, algo había que hacer. Para colmo algunos adolescentes en lugar de estudiar el catecismo andaban juntando amapolas (lindísima amapola) para hacer chimichurri aspirable y el hijo de Sara había vuelto llorando porque una banda le había robado una bolsita con pletzalj recién comprados en la panadería. Lo peor había sido el arrebato que le hicieron a Aarón (no, no era  la  pronunciación defectuosa de Moisés, se llamaba así). Estaba en la vereda arreglando un cacharro cuando pasaron unos muchachones sin túnica y le arrebataron el martillo que había heredado de su padre. Juró venganza, y cuando un hebreo jura venganza no hay generación que valga. Se paga.

Para suspender esta  horda cebada con robos, entraderas, piquetes y paquetes, arrebatos y desorden general, nada mejor que unos cuantos mandamientos o un estado de sitio. La dificultad era que no tenían ni estado, ni sitio. Raramente, no se denunciaban violaciones. Es que con tanta túnica!

Para salir de esa vida desagradable presidida por el miedo nada mejor que un conjunto de normas básicas a respetar por todos. Justamente esas eran las instrucciones de las tablas, pero todo empezó mal. Primero porque a Charlton lo hicieron esperar una cuarentena y los tipos de abajo se relajaron. Segundo porque fueron hechas a dedo. Mal comienzo, porque ya tenemos larga experiencia en eso del dedo. Por último porque arrancó con un sistema presidencialista extremo. Según quien cuente este pacto social varía el número y el contenido de las instrucciones. Es que también estaban las costumbres regionales y había que abrir un poco el juego a los gobernadores y afines. Pero cualquiera sea el texto elegido todos arrancan con el sistema de adoración por principio. “Amarás a tu dios por sobre todo, no dirás su nombre en vano (eso de ¡mi dios que paparulo!, no va), y santificar las fiestas. No se aclara pero uno que tiene cierta perspicacia se imagina que no se refiere al Carnaval, ni a Saravah, ni a Vinicius, ni Halloween. Podría ser un buen San Pedro y San Pablo con fogatas y cohetes, una ascensión, una renunciación y cosas así. O sea, festividades partidarias. El mismo tren de adoración proselitista, bah. Así que presidencialista, narcisista, egocéntrico y excluyente. Poder al fin.

Después, nos pasaron al cuarto con normas para el padre y la madre. Esta parte es un poco familiar. De la madre nunca y todo eso que a cada uno le sale solito si es muy hijo de su madre.

No matarás o asesinarás. Analicemos la diferencia para la teoría, para el candidato liquidado es lo mismo. Matar significa quitar la vida. Asesinar, quitar la vida con matices. En ambos casos pierde el elegido.

No robar o hurtar. Hurtar: manotear lo ajeno. Robar, manotear lo ajeno con más fuerza.

No mentirás. Este no lo ha cumplido, nunca, nadie. “Verás que todo es mentira…”.

Y aquí llegamos al punto crítico. Por fin.

El más enumerativo parece referirse a la codicia. Vamos despacito y por las piedras porque hay varios rubros aparentemente apetecibles. La casa del prójimo ya nadie la codicia porque los gobiernos nacionales y populares, de inclusión, han logrado terminar con la intemperie. Todo el mundo tiene su casita. Con inodoro y bidet. Basta de arena del desierto. Basta de “puentes y cordajes donde el viento viene a aullar”.

El siervo con s, el asno y el buey, tampoco. Es que el espacio conspira contra ese tipo de codicia. Se hace complicado ambientar un siervo, un buey y un asno en un departamento. No va.

Por último la mujer del vecino (no desear, codiciar, avistar). Aquí era aplicable el método intuitivo, por las túnicas, pero con datos. Estos se conseguían no de la señora, que siempre bajaba su mirada recatada, sino del marido. Cuantas veces habremos malpensado: ¿pero como el aparato ese tiene semejante mujer? Y ahí está, de allí viene ese interrogante supremo. La intuición se desplazaba hacia el masculino que paseaba la mujer como si fuera una carpa con mirilla, la señora. Y ahí si valía el ojo del tasador. Porque no era un desfile donde todas mostraban sus atributos. No, ahí el que mostraba era el tipo. Su cara registraba el target de la señora. Sonrisa más ancha que la cara: de colección; sonrisa complaciente: un muy bien sobrador; sonrisa tímida: No todo es túnica, hay sobrante; sonrisa resignada: es lo que había; sonrisa devastada: Leona indomable. Este era el manual del codiciador de la mujer del prójimo. Mucha histeria pero poco realismo. Por la costumbre de los piedrazos y todo eso.

El tema principal, por el cual intento arrimar desde el arranque para no llegar sin presentación, es el tremendo e histórico error que vinieron a reparar Freud y sus sucesores. En esta norma se habló siempre, sin nombrarlo, del deseo. Porque todos estos regímenes totalitarios aprendieron rápido que tenían que eliminar dos atributos del hombre para dominarlo: la risa y el deseo. La risa y sus perseguidores, en esas épocas,  han sido tratados, por ejemplo, por H. Ecco en El nombre de la rosa, así que poco se puede agregar.  Está clarito lo que decía el Abate George: Hay que evitar que el pueblo ría, porque el que ríe no teme y sin temor no hay religión. Ni poder, agrego.

Pero intentar barrer con el deseo, negarlo, es imposible. Ha quedado demostrado. Hay corrientes incontenibles de sabiduría posterior que han expuesto su verdadera importancia y la imposibilidad de su control. Debemos saber que cuando se habla de deseo se incluye inevitablemente una relación de poder. Y todo lo que intente decir excederá mi ignorancia sobre el tema. No obstante podría intentar con sólo violar el “no hurtarás” piadosamente: “La relación de poder está allí donde hay deseo; es pues, una ilusión su denuncia en términos de represión y una vanidad la búsqueda de un deseo fuera del poder. El discurso verdadero no es más, desde los griegos, aquel que responde al deseo o aquel que ejerce el poder. En la voluntad de verdad, en la voluntad de decir este discurso verdadero, ¿qué está en juego si no es el deseo y el poder?”. Adivinen o investiguen, si no saben. Todo servido, no.

Constantino lo vio clarito. Por eso el cristianismo es hijo de su conjura plasmada en el Concilio de Nicea, con el objetivo de darle al Estado Romano una herramienta para la expansión del Imperio, así como un satisfactorio control de la población a través de un férreo código moral. No se trataba de una lucha para establecer cual dios era más divino, sino cual era más útil políticamente. Constantino vio las fotos antes de tomarlas. No se trataba de una pelea por la clientela religiosa ni por la fe, sino por el poder de la religión. Una lucha por el poder. Definitivamente.

En 1922 Carl Schmitt dijo que todos los conceptos principales de la política y del derecho son conceptos teológicos secularizados.

Foucault, en alusión al tema decía que no hay que contentarse con señalar el carácter subsidiario de todos los conceptos políticos modernos ni saludar jubilosamente las violencias míticas restauradoras, sino aceptar que la teología ha signado la modernidad política y que ésta no debe olvidar nunca su marca de origen. Como dice el tango “en cualquier foto vieja lo verás”. En cada momento político de la historia, en la pintura conmemorativa, aparecerá un cura. El pretexto puede ser cualquiera, pero ahí estará inamovible. Sin misterio. En plena misión.

Aceptado que todo trabajo teológico es una lucha por el poder así, en criollo, nos eximimos de juicio. Ni siquiera es necesaria la distinción entre legalidad y legitimidad. Si Inquilinos y arrendatarios pueden formar un partido político para luchar por el poder, en bien de un interés particular como su nombre lo indica, ¿por qué no un partido que quiera llegar al poder para convencernos de la vida eterna y sus ventajas?

Además esto no es novedoso. Es cíclico. Nueva representación. Nueva escenografía. Cambio de personajes: Obama, Trump, en el rol de Constantino; el Papa, simbolizando al Cristianismo. Teatro del Vaticano. Argumento: el amor. Porque querer es Poder. Todo está un poco revuelto otra vez. No se puede disciplinar sin actualización de aplicaciones. Una mano lava la otra y las dos saludan en alto. “Al raro conjuro de noche y reseda”.

Los mandamientos a un lado, el poder de otro. Siempre será así. Creeme. Te lo juro por vos!

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