CUENTO: Pecados y capitales (Especial de Carlos Gallego escritor argentino)

Todos los relatos religiosos están basados en la fe. Esto elimina el problema de los datos concretos y los detalles, que son inexistentes o ignorados, en toda aplicación. Sin un poco de misterio no hay película que aguante.

Por ejemplo en la fábula de la adoración de becerros de oro se ha omitido decir de dónde venía el oro de los becerros de oro, y quienes eran los orfebres, porque sólo por una extraña coincidencia este vil metal, amado siempre, ha estado cerca de las religiones, pero allí germinó el capitalismo (léase: sistema socioeconómico que se basa en la importancia del capital para generar riqueza, sin que el Estado intervenga). Justo en esa “mezcla milagrosa” de poderes terrenales (ejercidos) y divinos (invocados), el pueblo hebreo que huía se las arreglaba para estar en el medio del desierto, en continua adoración a su oro y sus becerros. Siempre mostraron destreza para la intermediación en la economía  con aprovechamiento eficaz de la torpeza e ingenuidad aria. Hay hitos famosos en este destino genético: inventaron el préstamo y, mucho mejor o peor, según de qué lado se mire, el interés. Tanto preguntar, cuando alguien pedía un dinerillo prestado ¿y si te presto yo que gano? se les hizo la chispa  del interés, pero raramente, muy raramente, hay escasa difusión sobre los creadores de este verdadero flagelo de la humanidad (que pide prestado), que acuñaron aquello de “lo importante es la plata (o el oro) la salud va y viene”. También principios básicos (ahí es donde se confunden en un abrazo negocio y creencia) elaborados con paciencia y sabiduría y plasmados en aquella frase que no recuerdo bien si atribuida a la madre de Goldwin o de Mayer (que no importa tanto porque a lo lejos parecen uno solo) aconsejando a su hijo: “Tenés que dedicarte al cine. Es el único negocio donde la gente paga por algo que todavía no vio”. Clase magistral en una sola frase de toda la experiencia comercial y religiosa fundida en una idea.

Lo único que no vieron, y eso les pasó por andar mirando siempre para arriba por consejo de profetas y necesidad de dioses, fue que estaban pisando petróleo y no lo sabían, estaban pisando poder. Si en vez de ponerse a adorar becerros y toda esa milonga, mientras esperaban en el desierto, se hubieran avivado de hacer un agujero, se terminaba esa narración y arrancaba otra. Turbantes, lujo recatado y prohibición de beber. Maravillas que no estaban en ninguna profecía. Es que hasta al mejor profeta se le escapa el hidrocarburo. No todo viene de arriba.

Cuando la mezcla se agitó más de la cuenta, en lugares donde todavía la organización no había vencido al tiempo, empezaron a llegar los tickets por las infracciones. Fue tan rápido el crecimiento que se hizo necesario, como siempre que se quiere ordenar algo, una enumeración y clasificación de los excesos, y un  nombre, claro. Los latinos dijeron peccàtum y pensaron “transgresión voluntaria de la ley de Dios” (ya viene otra discusión). Los griegos dijeron: hamartia y pensaron “no dar en el blanco”, como “errarle al vizcachazo”; los hebreos también lo pensaron y lo dijeron como “errar” pero enseguida pensaron en el perdón. Y así fue evolucionando con aplicaciones según la necesidad del lugar y del momento.

La clasificación ya venía medio influenciada por el tema del pecado original. No es para dedicarle un ensayo pero bien vale una reflexión. La publicidad anunciaba que se traía de nacimiento y así siguió, y sólo por eso, sin haber hecho nada, ya entramos mal en este mundo, pero mal por la contradicción. Si lo traemos de fábrica no es voluntario, y si cada uno porta una réplica, no puede ser original. Yo no tengo nada que ver ni con Adán ni con Hebe. Si hay alguien que todavía cree esta versificación, que la recite o la sufra. A voluntad.

Hecha la enfermedad creado el remedio. Enseguida apareció un nuevo producto: El bautismo. Pasamanería a base de agua y cura, que cura el pecado original.  Para las otras categorías, el perdón, la absolución, etc.

Después arremetieron con otras jerarquías: el “capital o mortal”. Gravísimo. Apartarse totalmente de su dios. Cosa e’Mandinga. Que ese no se soluciona con ni con agua bien dicha, ni con contrición, ni con estreñimiento. Ese sale con ristra de padresnuestros y avesmarías.

Por último, el humilde venial. Menos grave, una tilingada que a cualquiera le pasa. Este zafa con un par de oraciones menores y dos persignadas rapiditas. Este vendría a ser el famoso peccata minuta que tiene poco relieve porque es un rapidito.

Terminada la clasificación se hizo imprescindible el catálogo. Otro lío. Eso pasaba (y pasa) por no federalizar. Siempre puño cerrado, siempre una sola ley dictada desde el llano para quien vive en la montaña, y viceversa. A propósito no puedo dejar de citar al maestro Ambrose Bierce, en su definición de “moral”,  nudo de toda esta leyenda. El más férreo embate de las religiones contra el conocimiento: “Moral, adj. Conforme a una norma o derecho local y mudable. Placentero. Dícese que existe en el Este una cadena de montañas y que a un lado de ellas ciertas conductas son deshonestas, pero que del otro lado son tenidas en alta estima; esto resulta muy ventajoso para el montañés, porque puede bajar ora de un lado, ora del otro, y hacer lo que le plazca, sin ofensa” (Meditaciones de Gooke).

Algo así como esconder el crucifijo, o la estrella, mientras se cobra el interés.

Digresiones para acompañar la discusión de cantidad y contenido. Es que cada legislador (si el que hace las leyes es legislador el que determina los pecados ¿será pecador?) incluye como infracción lo que le molesta o lo favorece. Esto sí que es eterno de toda eternidad.

La discusión, como siempre, era si crear muchos pecados para provocar mucho temor o si poner algunos pocos como ejemplo. Cada uno venía con su listita y defendía con ferocidad su conveniencia (la ferocidad no estaba en ninguna enumeración así que era de venta sin receta). Por ejemplo: alguno a quien le molestaban los borrachos que pasaban a la madrugada, cantando salmos con letra picaresca y voz destemplada, quería incluir la ebriedad. Por supuestos los borrachos sociales votaban por la sobriedad. Y así. Pero lo que más llamó la atención fue el intento de un tal Juan Casiano que quería sumar la tristeza por aquello de “tristeza nao tem fim, felicidade sim”. Lo rechazaron porque justo había sido escrita para Orfeo, una leyenda pagana.

Hasta que Gregorio dijo basta y se plantó en siete. Uno para cada día de la semana, sentenció. “Con eso tengan bastante, vamos adelante sin ver que dirán”

Como no hay ley sin sanción por su violación (no, la de la ley), ahí nomas publicaron la amenaza con letras de molde en rojo infierno. Terribles y eternos tormentos en el horno celestial del mismo nombre. Eso no fue suficiente para detener la impetuosa y, a veces compleja, naturaleza humana. Amenaza tan creíble como cuando una abnegada madre corre a su hijo travieso, que volcó la olla del guiso, gritándole: “te voy a matar, mira!”.  El pibe corre por instinto, no por la increíble amenaza. A ver, ¿Cuántos hijos muertos hay por voltear la olla del guiso? Por eso.

Repaso reflexivo sin ningún orden preferencial.

Gula. Al principio estaba medio confuso el significado. Cualquier exceso podía ser definido así. Por ejemplo, el dispendio sexual. Luego se fue achicando, por razones obvias, hasta dedicarse sólo a quienes exageran con la comida. Con variaciones de clase: El que se manda una parrillada completa es una bestia. El que manotea los ravioles del compañero de mesa es un angurriento. El que lastra todo apurado es glotón. El que come lo que venga es un comilón. El que es de familia bien e inclinado a la buena mesa, recién ese, es guludo.  Hay denominación especial para los que arremeten tupido contra las hamburguesas: fieles creyentes herederos del colesterol.

Avaricia o codicia. Ay, pueblo hebreo, ay pueblo católico! La iglesia católica lo aplica a la acumulación de stock de riquezas. No!, las suyas no. Esas son para futuras obras de caridad. Dante que era escritor de castigos, había diseñado uno especial para este desliz: el imputado se debía arrodillar sobre una piedra y repetir cien veces, lentamente, “no debo avariciar”.  En sentido amplio condena todo acto ilegal para obtener riquezas sin aclarar quién determina la ilegalidad. Inquietud: ¿el tesoro del Museo del Vaticano es legal, las riquezas de sus bancos lo son?

Pereza, (l. fiaca). Muchas dudas con los argumentos. Porque el ocio en sí no es tan malo. Véase sino el famoso “ocio creativo”. Lo malo es no laburar. En sus orígenes lo definían como “tristeza de ánimo”. Era común, preferentemente en lunes, escuchar la frase: “Vieja, hoy no voy a laburar. Tengo una terrible tristeza de ánimo”. Hasta ahí venía medio permisivo el ítem hasta que notaron que la tristeza se extendía y había mucho ausentismo para “ir a misa e hincarse a rezar”. Ahí se puso más estricto. Es muy diferente perder las ganas de laburar a perder el interés en el dios único de cada uno. Con el Señor no.

Ira. En principio era como un enojo de grado superior atinente a encumbrados personajes, dice mi amigo Bierce. Si era de los reyes y sacerdotes, tenía carácter sagrado porque expresaban a su dios. Así fue la indemnidad de David, cuando se calentó por un censo y pagaron setenta mil paisanos con su vida. En la actualidad todo dios es amor (las guerras ya no son santas, pero siguen siendo negocio) y los censistas pueden laburar tranquilos en las villas y zonas aledañas.

Como la especie es fuertemente irradiante hay variedad: fanatismo (del género que sea), intolerancia (los evangelizadores cuando les costaba mucho trabajo la conversión y tenían que recurrir a algunos instrumentos convincentes), homicidio, genocidio (todos tenemos un catálogo bajo la alfombra). No todos escondemos una inquisición o una cruzada, o un diluvio universal, claro. Yo decía algo más livianito, así como instintos no ejercidos.

Envidia. (No confundir con endivia). Es como la avaricia pero parece idealista. Una ruindad. A veces, reconozcamos, es una emoción incontenible aunque sea mínima y pasajera. Cuando un señor pasa en una Lamborghini diablo (y líbrame del mal amén) y sí, uno alguito siente. Verifique: si el pensamiento es “que lindo sería, ¿no?”, es benigna. Si, en vez, va para el lado de “y como habrá hecho ese mal nacido?”, es grave. Si es “me gustaría probar algo así”. Es sólo deseo. Dele curso.

Lujuria. Concepto: Pensamiento sexuales excesivos. Otra vez: ¿Cómo enterarse del pensamiento sexual de otro? ¿Quién determina cuando un pensamiento sexual es excesivo? ¿Excesivo en qué, en cantidad, en intensidad, en contenido?

Después de Freud y todo lo que le dedicó al tema, hoy lo resolvemos como compulsión, entusiasmo, energía a discreción, o manía en diversas graduaciones. Pero lujuria, de la de antes, no hay ni en las clearance de verano. Es raro escuchar a alguien confesar: Tengo una lujuria hoy! En realidad la prohibición apuntaba (como la mayoría) a que el amor y su ejercitación fueran moderados como para no sobrepasar los amores impuestos por los primeros mandamientos. That’s the question.

Soberbia. (La dejé para el final porque tengo una idea insuperable!). También discutible según uso. Si se la emplea como adjetivo puede ser calificativo o admirativo. Terrible dualidad porque estigmatiza o ensalza (estas palabras las puse para usar la z del teclado que denota poco tránsito), según la aplicación. Si uno se cree superior (y no lo es) es un soberbio de miércoles, pero si una casa tiene todos los enchufes y qué enchufarle, puede ser soberbia.

En Argentina no se conoce remedio, redención, ni absolución posible. Ni recitando tres veces el catecismo completo. Es más, se dice que el lúdico e inocente juego individual del yo-yo, es nacional y popular, claro. La fórmula autóctona sería: Yo soy todo y mejor. Lo que lo lleva hasta la vecindad de la prepotencia. Una variante regional practicada como deporte alternativo.

A diferencia del orgullo (pariente dulcificado) es indisimulable. De este rasgo surge el viejo dicho: “Se le nota a la legua”, aunque no se conozca cómo se medían las leguas en aquel tiempo.

Otra variante de actualidad es la vanidad, que viene a ser algo así como un engreimiento de imágenes. Sería el famoso yo me amo y me mimo, demasiado. El combustible necesario es el halago, la alabanza, el elogio, sean o no auténticos, en cuyo caso se arrima a la adulación.

El verdadero problema de este pecado se produce cuando degenera en filargía o amor al poder. Ah sí, en ese caso no hay rebenque que alcance porque se suman todos los sinónimos generando una alta capacidad contaminante. Y se vuelve incorregible cuando deriva en enfermedades como broncemia, hibris, narcisismo y otras, que más que enorme  amor propio significan desprecio por los demás. Superior a “L´Etat c’est moi”. Cuando la enfermedad alcanza su pico se traduce en “el estado lo hago yo, si quiero”. Modernamente es pandemia universal.

Este punto está demasiado bien escrito para que hayan podido entenderme, digo…

En el 2008 el Tribunal de la Penitenciaría Apostólica del Vaticano (me asusta sólo el nombre), el panóptico romano, creyó conveniente una actualización por algunos avances de la ciencia, materia que nunca figuró en ninguna enciclopedia religiosa hasta que la realidad llamó tres veces. Pero otra vez se olvidaron de incluir el desliz celestial de los curas que desean y poseen bienes y personas ajenos. O la indignidad, o la desvergüenza. Eso sí, el Tribunal agregó las manipulaciones genéticas (imitadores del creador, abstenerse); experiencias con seres humanos (no tratar de convertirlos a su catecismo, por ejemplo); la contaminación ambiental (este es bravísimo porque hay que andar detrás de los que migan y fumigan) que debe ser delito de lesa humanidad y punto. Provocar la injusticia social: Como la caridad bien entendida empieza por casa después de esta ampliación los obispos empezaron a comprar las vestiduras en Todo por dos pesos. Se terminaron los personal taylors del Vaticano como Gammarelli y todas esas exquisiteces. Y por último, agregaron el más inaplicable a nivel internacional: Enriquecerse obscenamente. Este pecado se comete cuando los que afanan discrecionalmente desde el poder, encima te hacen un corte de manga o balancean la pelvis hacia adelante tomándose los genitales con ambas manos.

Para cerrar, dos versos del ineludible tango de Gorrindo, Las Cuarenta:

                      “Hoy no creo ni en mi mismo todo es grupo, todo es falso

                     Y aquél que está más alto es igual a los demás…”

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