Entre copas Especial para Golazo Felipe Fiuza (Escritor Brasileño)

La vida de un brasileño se puede contar en los mundiales de fútbol. Yo nací el 11 de enero de 1982, año de mundial. Es decir, que el 13 de junio cuando empezaba la copa ya participaba llorando mientras mi padre celebraba los goles de Zico o maldecía a Paolo Rossi. Por supuesto que no me acuerdo de nada, pero me puedo imaginar a mi madre quejándose porque mi padre hacía demasiado ruido. Quizás, también una probabilidad muy fuerte, él se haya ido a la calle a mirar los partidos mientras yo me quedaba en la casa con ella. En este caso, ella se habrá quejado cuando él, ya borracho, volviera a la casa. Vivíamos, entonces, en Rio de Janeiro, en un rancho que fue de mi abuelo, quién se murió un año antes que yo naciera. El rancho estaba ubicado en las afueras, por eso me imagino que mirar un partido allí sería difícil por la calidad de la transmisión. Quizás, mi padre lo haya escuchado en la radio. A mi madre no le gustaba vivir allí.

 

Tampoco me acuerdo de muchas cosas del mundial de 86. Se me ocurre la imagen de Maradona y su gol con la mano, pero no sé decir si eso es una memoria constituida durante los años. También me acuerdo de mi padre quejándose por Tele Santana dejarle a Zico en el banco. Ahora vivíamos en Guarapari, una playa turística en el estado de Espirito Santo. Mi padre seguía gritando demasiado durante los partidos, mientras mi madre seguía pidiendo que no hiciera ruido para no despertarle al bebe – mi hermano que tenía un año y medio. A mi madre tampoco le gustaba vivir allí. Mi abuela Cecilia jugaba al fútbol conmigo en la calle, después de llevarme a visitarle a su amiga Monga que vivía en el morro que estaba cerca. Había un hombre que siempre me regalaba bananas cuando subíamos allá.

 

El mundial de Italia 90 fue cuando empecé a sufrir. Antes no entendía bien lo que estaba pasando a mí alrededor. También fue el primero mundial en que me acuerdo de verle a mi madre mirar un partido. Entonces, me imaginaba que ahora ya le gustaba el fútbol. Además, fue cuándo me enseñaron a odiar al equipo albiceleste, porque nos eliminaron en los octavos. Vivíamos en Vitoria ya, ciudad donde íbamos a mirar, juntos, todos los 5 mundiales siguientes. A mi madre sí que le gusta vivir allí, dónde sigue cerca de mi abuela. A happy wife is a happy life, diría mi padre si viviera en EE.UU. En este año Brasil tuvo sus primeras elecciones directas para presidente. Me acuerdo de mi padre explicándome lo que significaba votar. Diciéndome que era la primera vez en 30 años que iba a ejercer ese derecho. Me habló sobre la constitución de 88. Sobre Lula, su candidato, sobre Collor, sobre todo. La derrota del equipo en los octavos le dolió menos que en 82 y 86, me dijo. Quizás por la esperanza que tenía en el futuro.

 

EEUU 94. Este es el único equipo Brasileño de quién me acuerdo del nombre de todos los jugadores principales y hasta de algunos reservas. Los 11 iniciales solían ser: Taffarel, Ricardo Rocha, Marcio Santos, Jorginho, Leonardo, Mauro Silva, Dunga, Zinho, Raí, Bebeto y Romário. En los reservas, teníamos a Ronaldinho el fenómeno de 18 años, Cafu, Mueller, y otros. La esperanza de mi padre se deshizo para rehacer en tiempo del mundial. Collor les había robado los ahorros de todos, pero con su impeachment todo se renovaba. La moneda brasileña se hacía fuerte y yo compraba más cromos y comics que nunca. No llegué a completar el álbum del mundial, porque leer a los x-men me interesaba más que pegar cromos. Nosotros, incluso mi madre, miramos a todos los partidos de este mundial en un bar en el barrio llamado Praio do Canto en Vitoria. Mi padre lloró muchísimo cuándo Roberto Baggio perdió el penal en la final contra Italia. De hecho, sólo volví a verle llorar tanto 5 años después cuándo se murió mi abuela Ana en la nochebuena de 1999 – y después de esto cuando nació su primer nieto. Lula perdió otra vez, porque todo lo bueno que estaba pasando, la moneda fuerte, ganarse el mundial, los comics baratos, se atribuyó a Fernando Henrique Cardoso, quién ganó las elecciones en Octubre de ese 94.

 

El mundial de 98 fue el mejor… para mi amigo Jean. Él estuvo enamorado de una chica por 2 años y después del partido contra Francia logró besarla. Yo, mientras tanto, solo fui besarle a la amiga de la suya, la que me gustaba, el año siguiente, porque era, entonces, demasiado tímido y torpe. Fue el primer mundial en que se me autorizaba mirar partidos solo por la calle. Siempre que no volviera borracho, me decía mi madre. Mi padre no me decía nada además de que aprovechara y volviera vivo. La solución para lo de mi madre era sencilla, ya que no tenía dinero. La confianza en el equipo brasileño era grande, debido al éxito en el mundial anterior y la buena fase de Ronaldinho. Sin embargo, la decepción con el equipo fue directamente proporcional al odio por Fernando Henrique Cardoso, que acababa de cambiar la constitución para reelegirse comprando votos en la cámara de diputados y en el senado. La moneda ya no estaba fuerte y la gente ya se daba cuenta de que tener mundiales en el mismo año de las elecciones no era algo ideal. Yo voté en este año por primera vez.

 

El mundial de 2002 marco mucho en mi vida. Entonces, en 2000, entre mundiales, conocí a mi novia de entonces, hoy mi esposa, el amor de mi vida. Nuestras familias se reunieron en el apartamento de mi suegro para mirar partidos de los mundiales de 2002, 2006, y 2010, antes de que nos mudáramos a Indiana. De manera que la memoria de esos 3 mundiales se confunde un poco. Sin embargo, del de 2002, me acuerdo, por supuesto, de mi suegro, padre, y cuñado, gritando durante el penta en 2002 y de bajarnos a la calle para celebrarlo. En este año, Lula, finalmente, ganó las elecciones presidenciales, pero no sé si habría ganado si hubiéramos perdido la final. Para muchos, la derrota de la “canariña” en 1998, le costó a la derecha las elecciones del 2002, porque Lula representaba el cambio, la mudanza. Es decir, no es coincidencia que Lula y Fernando Henrique hayan ganado las elecciones en los mismo años en que Brasil se ganó el mundial.

 

Del 2006, me acuerdo de la mezcla de frustración y asombro delante de Zidane, en lo que parecía un, irónico, déjà vu del 98. También me acuerdo de que fue una elección más fácil para Lula, ganó con 5 millones de votos más que en la anterior. No me pareció muy lógico que él, quién había criticado a Fernando Henrique Cardoso por cambiar la constitución, quisiera tener un segundo mandato. Además, habíamos perdido el mundial. Sin embargo, recibió mi voto por la tercera vez. Mi esposa y yo marcamos la fecha de la boda para el día primero de septiembre del año siguiente. En esta época eligieron a Brasil como país sede del mundial de 2014.

 

La copa del 2010 fue la copa del adiós. Estábamos de mudanza para los EE.UU en Agosto. Mi recuerdo más fuerte de esta copa es del hideputa de mi cuñado que gritaba más fuerte que en todos los años anteriores solo para jodernos a mí esposa y a mí. Les pedíamos a todos que no gritasen para no despertarle a nuestro hijo con menos de un año entonces. Yo me iba a la habitación para quedarme con João Lucas, que lloraba asustado con los gritos de su tío – y con la vuvuzela que se había comprado. Mi esposa y yo casi no mirábamos los partidos – ella aún menos que yo. Me regañaba cómo antes mi madre lo hacía con mi padre. Me iba a la habitación para no pelear – con mi cuñado. Algunos años después tuve la oportunidad de vengarme, pero no lo hice. Lo irónico era que él se quejaba ahora si la gente hablara mientras su niña se dormía. Lula ya no podía candidatearse, pero hizo que Dilma le sucediera. Ésa fue la elección más difícil y la gente ahora empezaba a pelearse más por la política que por él fútbol.

 

El mundial de 2014 lo miré desde España. Me tocó ir para allá a trabajar en un programa de estudios en el extranjero para estudiantes americanos. Fue el primero mundial en que no miramos ningún partido cerca de nuestros padres, hermanos, amigos. Sin embargo, cómo era nuestra primera vez en Madrid, estábamos tan ilusionados y contentos, no nos molestó la distancia. Además, mi esposa también es estudiante del castellano, así que hablar español mientras miramos el partido en el bar no fue una experiencia muy distinta de estar con nuestra familia. Miramos a todos los partidos juntos, los 3 en el sofá o en el bar. Entre el mundial de 2014 y este mundial de 2018, que ha sido el más duro hasta ahora y ahorita les explico el porqué, la camisa de la selección tuvo reconocido su valor político – yo nunca he tenido una en la vida, porque siempre fueron, y son, muy caras. Millares de brasileños se fueron a la calle llevando la camisa amarilla en 2016 para protestar contra el gobierno de Dilma. Aquellos millares que se la podían comprar. La gente decía que estaba peleando para limpiar el país de la corrupción y que primeramente le iban a sacar a Dilma y después a los demás. Los demás siguen allá. Le echaron a ella porque usó dinero que estaba destinado a un campo, publicidad creo, para pagarse las cuentas del gobierno en otra área, educación si me acuerdo bien. Eso era ilegal. Después que el vampiro tomó el gobierno cambió las reglas para hacer lo mismo que ella hizo sin que fuera ilegal. Si Brasil hubiera ganado el mundial de 2014, eso no iba a pasar en 2016.

 

2018 ha sido el más duro mundial hasta ahora. Nadie celebra cuando salen goles. Nadie lleva ropas de fútbol por la calle, que no están coloreadas. No escucho vuvuzelas o cualquier tipo de fuegos de artificio. La gente me pregunta si estoy mirando los partidos del mundial – ¡¿por qué diablos no los iba a mirar?! – cuando se dan cuenta de que soy brasileño. Mamá, tampoco me gusta vivir aquí. Hace poco en Brasil llevaron Lula a la cárcel. Por un apartamiento que no es suyo, pero donde vivió. Por un rancho que no es suyo, pero que usaba. Sin embargo, no encontraron pruebas de ningún crimen pero tienen mucha convicción. Peor: quieren decir que su gobierno ha sido el más corrupto de todos los tiempos en Brasil. Perdónales dios, ellos no saben lo que dicen. A la vez, los hinchas jóvenes de fútbol quieren discutir quién es el mejor “de todos los tiempos,” Neymar, Cristiano Ronaldo, o Messi. Perdónenles Pelé, Zico, Garrincha, Romário, Ronaldo, Ronaldinho, Rivaldo, Platini, y, vaya, Maradona, dioses del fútbol, ellos no saben lo que dicen.

 

Miramos el partido entre Brasil y Serbia los (ahora) cuatro solos en la sala. Mi hijo de ocho años me miró asustado cuando se dio cuenta de que yo lloraba mientras la tele señalaba los jugadores brasileños cantando el himno nacional. Creo que él va a empezar a sufrir este año. El teléfono celular acabó con la pelea de décadas entre los sexos, porque el youtube le cuidó a la niña de 3 años mientras mirábamos el mejor partido de Neymar hasta ahora y un William que pelea para no perder su puesto entre los 11. Mientras tanto yo luchaba para no llorar intentando imaginar si mi padre lloraba también, si mi madre pudo ver el partido, si el cabrón de mi cuñado gritaba mientras mi sobrino de 1 año se duerme, si la cerveza en el bar del Pedrinho estaba helada… Todo esto muy seguro de que la gente va muy contenta por la calle con los resultados de los partidos. Sobre todo por la eliminación de Alemania. La población brasileña va contenta. Aunque Lula siga en la cárcel. Aunque políticos como Jair Bolsonaro sigan existiendo. Aunque la gente sólo vaya a fijarse en la política después que Brasil salga del Mundial. Y yo nunca estuve tan agobiado como ahora. Por todo eso. Y levántate, Neymar, porque te toca a ti levantar a un país.

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