CUENTO: Tierra Santa

La bomba se elevó como un centro puesto con la mano. El impacto en su cabeza fue fulminante. Niño bueno y soñador. Niño de campo. Sabía arrear las vacas y las ovejas en verano junto al abuelo. Tenía un póster de Cristiano en el cuarto de la choza y uno de Messi en su cuarto en la ciudad.

Aprendió a enojarse desde chiquito cuando unos soldados reclutaron a su padre obligatoriamente y lo llevaron a morirse en medio de la nada. Su corazón se quebró. Su Taita, Apa, Opa, papi, Dad, Daddy, Dada, era su entrenador, su mentor, su inspiración.

Mientras la bomba destrozaba su cerebro pudo agarrar un par de recuerdos. La cancha llena de polvo y arena parecía un desierto. Su madre en la tribuna con su hermana en brazos. Era el minuto final. Miró la pelota y como un franco tirador la destrozo de bolea y golpeó el travesaño. El partido lo perdieron. Pero uno no elige los recuerdos cuando una bomba destroza tu cráneo.

Lo último que pasó por sus ojos fue un bloque que salía por los aires producto de la explosión. Eso lo llevó al último recuerdo. En la mañana decidió salir con los cromos del mundial. Le faltaban dos para completar. Conoció un joven en la aldea vecina que los tenía. El le prometió entregar 20 a cambio. Ahora le robarían sus cromos, ahora no podría llenar el álbum. Preocupación inútil cuando una esquirla revienta la conexión del cerebro y la espina dorsal.

Cerró el único ojo que le quedaba y murió. Fue portada del diario más grande de Europa. Abajo una foto del diez del Barca y del siete de la Juve besándose expresaba el deseo del medio de una semifinal.  

 
 
 

 

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